Hay personas que dominan el arte de decir lo que otros quieren escuchar.
No porque lo sientan… sino porque saben que funciona.
Son amables en exceso, atentos en apariencia, generosos con las palabras.
Te miran como si fueras única, como si hubieras llegado a cambiarles la vida.
Y por un momento, lo crees.
Pero no es verdad.
No eres la única.
Eres una más en su recorrido.
Porque quien halaga a todas, no valora a ninguna.
Quien seduce en silencio, vive en la mentira.
Y quien necesita conquistar constantemente, no ama… se alimenta.
Son personas que viven de la reacción ajena, del brillo momentáneo que provocan, del juego de hacerte sentir especial mientras repiten el mismo discurso en otros oídos.
Prometen con gestos, insinúan con palabras, y desaparecen en la incoherencia.
Y es ahí… donde la intuición despierta.
Empiezas a observar.
A notar los detalles.
A ver lo que antes pasabas por alto.
Y entonces cae la verdad, no como sorpresa… sino como confirmación.
No era admiración.
Era costumbre.
No era interés.
Era hábito.
No eras especial… eras disponible.
Y duele.
No por lo que fue… sino por lo que creíste que podía ser.
Pero hay algo que también nace en ese instante: claridad.
Porque después de ver con los ojos abiertos, ya no hay forma de volver a engañarse.
Y ahí, justo ahí… recuperas tu lugar.
No todo el que halaga, admira.
Y no todo el que se acerca… merece quedarse.
Quien necesita a todas… no es capaz de elegir a ninguna.
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