Hay mañanas en que me levanto y me encuentro con ella: la mujer que fui.
No tenía una casa bonita. No tenía carro. No tenía nada de lo que hoy tengo.
Y, sin embargo, la envidio.
Porque ella estaba rodeada de voces.
Y yo…
estoy rodeada de cosas.
Nadie me advirtió que uno puede ganar el mundo…
y perder las voces en el camino.
Que puede alcanzar todo aquello con lo que soñó…
y despertar, aun así,
con las manos vacías.
Hoy basta con unos minutos de atención para recordar cuánto puede pesar el resto del día.
Sin darme cuenta…
aprendí a no necesitar.
A guardar silencio.
Y a confundir esa costumbre…
con fortaleza.
Por eso escribo.
No porque tenga todas las respuestas.
Escribo porque, cuando cierro un cuaderno, las palabras permanecen.
Yo también.
Pero la escritura tiene un límite.
Puede ser refugio.
Puede ser el único lugar donde nunca finjo.
Lo que no puede ser…
es el único lugar donde existo.
Porque todavía hay una parte de mí…
que quiere salir de estas páginas.
Que necesita llegar a otros ojos.
A otras manos.
A otras vidas.
Tal vez…
lo que nunca encontró un lugar dentro de una casa…
todavía pueda encontrarlo…
dentro de un libro.

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