La historia que llevo en los huesos, la selva que me cruzó el alma y la luz que me volvió a nacer.
No se me quitó la selva del cuerpo: la llevo en la piel, en las plantas de los pies, en cada respiración que todavía a veces se me corta sin razón. Crucé catorce países con el miedo mordiéndome la espalda y la esperanza jalándome del pecho, sin saber en ninguno de esos catorce si el paso que daba me acercaba o me alejaba de todo lo que amaba. Aprendí que el exilio no empieza en una frontera: empieza el día que entiendes que ya no cabes donde te duele.
Este espacio no es para el morbo: es para honrar la vida, recordar a los que no pudieron y agradecer a quienes nos tendieron la mano.
“Hay recuerdos que no se cuentan. Se llevan en la piel.”

Caminos rotos y manos que sostienen.
Hambre, lluvia, barro; luego café caliente y una risa que salva.
El cuerpo aprendió a seguir; el alma aprendió a quedarse.

De aquí nació la mujer que escribe
Todo lo que escribo nace de la mujer que soy ahora. Y esa mujer no existía antes del camino. Crucé países, fronteras, terminales, carreteras y noches que parecían no terminar. Crucé la selva del Darién y salí de ella con algo que todavía no sabía nombrar. No fue solamente cansancio. No fue solamente miedo. Fue una ruptura.
Hay experiencias que pasan por la vida y otras que la dividen en dos. Para mí, aquella fue una de ellas. Existe una mujer antes del Darién y otra después.
La que entró todavía conservaba una forma distinta de mirar el mundo. La que salió aprendió que la vida puede cambiar en cuestión de horas, que la seguridad es más frágil de lo que creemos y que hay momentos en los que continuar no es una decisión heroica: es simplemente la única opción que queda.
Después de aquello cambié por completo. Cambió mi manera de sentir. Cambió mi manera de mirar a las personas. Cambió lo que valoro. Cambió lo que tolero. Cambió incluso mi forma de entender el miedo. Y, con el tiempo, también cambió mi manera de escribir.
Porque todo lo que escribo hoy sale de esa mujer. De la que dejó cosas atrás. De la que tuvo que comenzar de nuevo. De la que conoció el desarraigo, la incertidumbre, la nostalgia y también la capacidad de reconstruirse. De la que aprendió que una raíz puede arrancarse de la tierra y, aun así, seguir viva.
De ahí nació Raíces del alma. Y de ahí nacieron también muchas de las preguntas, heridas, personajes, confesiones y verdades que después comenzaron a aparecer en mis libros.
No escribo desde una vida intacta. Escribo desde lo vivido. Desde todo aquello que no cabe en una fotografía. Desde los países que atravesé. Desde las despedidas. Desde las pérdidas. Desde la mujer que tuvo que aprender a sostenerse mientras todo alrededor cambiaba.
Por eso digo que todavía llevo la selva marcada en la piel. No porque siga atrapada en ella. Sino porque después de cruzarla nunca volví a ser la misma.
Todo lo que escribo comenzó allí: en el momento en que terminó una versión de mí y empezó la mujer que soy ahora.
Ya crucé demasiadas selvas y tormentas cómo para seguir atada a todo lo que me hiere.
Con amor y luz,
Katia Santana Palacio – Escritora
Caminantes de Historia ✨
De esta historia nació una novela
Parte de las experiencias que atravesaron estas páginas forman también la raíz de La verdad que me pertenece, una novela en la que memoria, migración, pérdida, decisiones y reconstrucción se convierten en literatura.
Esta página conserva la memoria real. La novela cuenta una historia más amplia.
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