Autora de *Ecos de Vida* y *Raíces del Alma*, su obra entrelaza memoria, sanación y amor propio. A través de la poesía, transforma el dolor en arte y las heridas en fuerza. Desde su historia de vida, inspira a otros a reconstruirse con dignidad, esperanza y luz.
Katia Santana es escritora y poeta cubana, actualmente radicada en Estados Unidos. Su obra nace de una vida marcada por la resiliencia, los recuerdos de la infancia en su pueblo natal y las huellas que dejan el amor, la distancia y la esperanza. Con formación en ingeniería y enfermería, Katia ha unido la disciplina de lo técnico con la sensibilidad del arte para dar voz a sus memorias y a las emociones profundas que la acompañan. En sus libros —como Raíces del alma, Ecos de mi memoria y El Espejo del Alma— invita al lector a recorrer su historia, a reconocer sus propias batallas y a encontrar belleza incluso en medio del dolor. Apasionada por la poesía y la narrativa íntima, Katia ha creado un espacio literario bajo el nombre Caminantes de Historia, una comunidad de lectores que encuentran en sus palabras un refugio y un impulso para seguir adelante.
Hay estados emocionales que no solo te cambian el día: te cambian la manera de respirar. Y a mí, todo esto de la migración, las noticias duras, la gente deportada, la incertidumbre… me ha atravesado de una forma que no se explica con una sola palabra. Es como si me hubieran picado las alas. No porque yo no sea fuerte, sino porque hay dolores que cansan en silencio y se te meten en la voluntad.
De pronto, lo que antes me salía natural se vuelve pesado. Lo que antes me encendía, ahora me deja mirando el techo, sin ganas de nada. Y entonces me doy cuenta de algo que también es verdad: mi escritura no se apagó, solo se quedó en pausa, protegiéndose. Porque escribir también es sentir, y cuando el corazón está saturado, a veces lo único que puede hacer es callarse un momento para no romperse.
Hoy no me exijo brillo. Hoy me permito existir. Y si mañana vuelve una línea, una sola, yo la abrazo como quien regresa a casa. Lo que debe quedarse, se quedará.
Hace mucho que no escribo. Y no porque me haya rendido… sino porque hay días en que el alma se me queda sin voz. No todos los días estoy inspirada, y en estas fechas la inspiración se me apaga un poco más. La lejanía tiene ese efecto: te enfría por dentro aunque sigas funcionando por fuera.
A veces uno cree que escribir es tener palabras todo el tiempo. Pero he aprendido que también se escribe en pausa. Se escribe cuando una respira hondo y aguanta. Se escribe cuando la nostalgia se sienta en la esquina del cuarto y te mira, callada. Se escribe cuando te falta alguien, cuando te faltan abrazos, cuando te falta hogar.
Yo sigo aquí. Con mis días buenos y mis días grises. Con mi fe, con mis rutinas, con esta manera mía de no soltarme. Y aunque ahora me cueste, sé que volveré a escribir como siempre: desde lo vivido, desde lo verdadero, desde lo que duele y también ilumina.
Si tú también estás pasando por una etapa así, no te exijas tanto. A veces no hace falta inspiración… hace falta ternura contigo misma. Lo demás regresa. Siempre regresa.
Cuando me resigné al olvido, regresaron los recuerdos: esos sueños infiltrados en la mirada, esa mirada que todo lo resucita. Ese poder ancestral de soñar lo irremediable, lo terrenal, lo banal, lo rutinario. Regresó el tiempo y el olvido se fue diluyendo, fragmentándose.
Ilusa de mí, que pensé olvidar esa terrible forma de presentir… Presentir aunque la ciencia lo niegue y la razón no lo permita; presentir en los silencios y también en algunas miradas. Y hay presentires que no vienen de la superstición, sino del amor: ese que duele por dentro cuando falta lo esencial.
Llevo ocho años sin ver a mis hijos… y ya vamos camino a nueve. A veces me repito que lo hago por ellos: por la ropa, los zapatos, el dinero, por “darles todo”. Pero la vida, con su ironía, me recuerda que lo que más necesitan no cabe en una caja ni se manda por envío: es mi presencia.
Mi niño grande me llamó y me dijo, como quien ya no puede sostener la distancia: “Mamá, te doy de plazo hasta el día de la corte. Si sale negativa, no quiero que sigas en Estados Unidos. Quiero que te vayas a México y nos saques. Ya no puedo estar más sin verte. Nos vamos juntos. Luchamos juntos. Lo que sea”.
Y yo me quedé con ese presentir en la garganta, buscando olvidarlo y entendiendo que no se puede, porque lo irracional te gana. Porque cuando un hijo te nombra en medio de la ausencia, el alma se te vuelve evidencia.
Después… llega la lenta comprensión: por algo presentías, por algo intuías, y por algo tantas veces descubriste que envolverte es mejor. Es mejor la posición fetal sobre ti misma; meterte muy adentro, dejar que suceda y salir ilesa… como reinventando la vida. Pero hay verdades que no se pueden envolver para siempre: nos estamos perdiendo la mejor parte de nuestros hijos creyendo que “estar lejos y proveer” es suficiente, mientras lo que ellos piden es lo único que no se compra: tenernos cerca.
Y entonces el tiempo regresa, y el olvido se va, y una aprende —aunque duela— que darlo todo no es solo sostener, sino estar. Aunque el mundo te exija aguantar, el corazón te exige volver.
Me quedo con lo que aprendí cuando nadie me aplaudía.
Me quedo con las veces que tuve que respirar hondo para no rendirme.
Me quedo con mi fe, con mi casa, con mi familia, y con esa fuerza silenciosa que se forma cuando la vida te pone a prueba y aun así decides seguir.
Este 2025 me dejó cicatrices, sí… pero también me dejó claridad.
Me enseñó a soltar lo que no me cuida, a callar lo que no merece respuesta, y a priorizar lo que me devuelve paz. Me enseñó que no todo lo que duele es castigo: a veces es un empujón hacia una versión más verdadera de uno mismo.
Hoy no escribo para hacer un resumen perfecto. Escribo para agradecer.
Agradecer por cada paso, por cada señal, por cada “aquí sigo” que me dije a mí misma en medio de días largos. Agradecer por las personas que han caminado conmigo, por los que llegaron sin hacer ruido y se quedaron, y también por los que se fueron… porque me dejaron espacio para crecer.
Me despido de este año con el corazón en calma.
No porque todo esté resuelto, sino porque ya entendí que mi alma no necesita tenerlo todo controlado para seguir avanzando. Me basta con tener propósito. Me basta con tener amor. Me basta con saber que lo que viene también me pertenece.
Que el 2026 llegue limpio, fuerte y generoso.
Que me encuentre más libre, más consciente, más fiel a mí.
De niña nunca tuve una bicicleta, pero tenía lo más grande: mi familia cerca… y el calor inmenso de mis abuelos, esa sobreprotección que te arropa el alma aunque no haya nada más.
Nunca tuve espejos.
Ni un cepillo de pelo lindo.
Ni peinetas de colores.
Ni cadenas de oro.
Crecí con muy poco, de ese “poco” que se nota en las manos, en la ropa, en los detalles… pero que no pesa cuando te esperan en casa y alguien te dice “ven acá, mi niña”.
Pasó el tiempo.
Y la vida, como si quisiera compensarme, empezó a llenarme de cosas.
Lo que un día fue sueño, hoy me sobra.
Por bicicleta… tengo un carro.
Por falta de peines, peinetas y cepillos… tengo de todos los colores.
Por lo que antes no alcanzaba… ahora alcanza, y a veces hasta se pasa.
Y aun así…
Hay una diferencia que no se compra.
Porque lo material se acumula, se guarda, se cambia, se reemplaza.
Pero el abrazo de los tuyos no tiene sustituto.
La risa en la mesa, la voz que te llama por tu nombre, la mirada de alguien que te conoce de verdad… eso no se compra con nada.
Hoy tengo más cosas.
Pero me faltan mis seres queridos.
Y ahí está la gran verdad que nadie te enseña cuando eres niña:
que puedes llegar a tenerlo todo… y sentirte incompleta si te faltan los que te hacían sentir en casa.
Lo material me sobra.
Pero el amor… el amor es lo único que cuando falta, se nota en cada rincón.