Nadie nos prepara para envejecer. Nos preparan para crecer, para producir, para lograr — pero nadie nos sienta a explicarnos que un día vamos a mirarnos al espejo y no vamos a reconocer del todo a la persona que nos devuelve la mirada.
Y sin embargo, ahí adentro, sigue viva la niña que fuimos. La que se reía sin motivo. La que creía que el mundo era enorme y generoso. La que no sabía todavía lo que costaba sostenerse a una misma.
Envejecer no es perder a esa niña. Es cargarla con más cuidado.
A veces confundimos la madurez con el olvido — como si hacernos grandes significara dejar atrás la curiosidad, el asombro, las ganas de jugar con la vida. Pero la vejez que más duele no es la de las arrugas. Es la de quien dejó de asombrarse hace mucho tiempo.
Vuelve, aunque sea un momento al día, a esa niña que fuiste. Pregúntale qué le gustaba. Qué la hacía reír sin razón. Y hazlo, aunque tengas el doble de la edad que tenías entonces.
Envejecer bien no es no cambiar. Es no perder de vista a quién fuiste antes de que el mundo te enseñara a tener miedo.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
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