La vida no te cruza con personas por casualidad.
Te las pone enfrente en momentos donde, muchas veces, ni siquiera entiendes lo que estás viviendo.
Algunas llegan con calma.
No tienes que descifrarlas, no te generan dudas, no te desgastan.
Se quedan sin hacer ruido… y te enseñan lo que se siente la paz.
Otras llegan a romper lo que dabas por seguro.
No a quedarse… sino a sacudirte.
A obligarte a mirar lo que estabas evitando, a cuestionarte, a incomodarte.
Y aunque duela, dejan algo que no se olvida.
También están las que prometieron más de lo que podían dar.
Las que se fueron sin cerrar nada.
Las que dejaron vacíos, preguntas, silencios que no se llenan fácil.
Y durante un tiempo, uno intenta entender.
Busca respuestas, repasa lo vivido, se pregunta en qué falló.
Hasta que algo cambia.
Y ya no se trata de por qué pasó…
sino de para qué.
Para aprender a ver mejor.
Para poner límites donde antes había dudas.
Para dejar de sostener lo que no estaba destinado a quedarse.
Porque no todas las personas llegan para construir contigo.
Algunas llegan para enseñarte lo que no debes volver a permitir.
Y en medio de todo eso, uno también cambia.
Se vuelve más selectivo.
Más silencioso.
Más consciente de lo que acepta… y de lo que ya no.
No por frialdad.
Por claridad.
Porque llega un punto en el que entiendes que la vida no se trata de retener a todos los que pasan por ella…
sino de reconocer quién suma, quién resta
y quién solo vino a dejar una lección.
Y cuando lo entiendes…
ya no duele igual.

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