Hay puertas que se cierran sin explicaciones, proyectos que no prosperan, personas que se alejan y caminos que, por más que insistamos, simplemente no estaban destinados a quedarse en nuestra vida. Durante mucho tiempo creemos que cada cierre es un castigo, cuando en realidad puede ser una forma de protección.
Con los años descubrimos que la vida no solo responde con un “sí”. También nos guía con sus “no”.
Y es precisamente cuando todo parece detenerse que aparece un regalo del que casi nadie habla: el silencio.
A veces necesitamos alejarnos del ruido, de las opiniones, de las prisas y hasta de ciertas personas. Necesitamos espacio para respirar, para escucharnos, para volver a encontrarnos. Porque una mente saturada difícilmente ve nuevos caminos, y un corazón agotado apenas puede reconocer las oportunidades que tiene delante.
La soledad no siempre es abandono. Muchas veces es el lugar donde cicatrizan las heridas, donde las respuestas aparecen y donde recuperamos la fuerza que habíamos entregado a todo lo demás.
No tengas miedo de esos momentos en los que la vida parece hacer una pausa. Son precisamente esos instantes los que preparan el terreno para lo que viene después.
Cuando dejas de luchar contra cada puerta cerrada, comienzas a notar las ventanas que se abren. Cuando aceptas el silencio, recuperas la claridad. Cuando haces las paces con el presente, todo empieza a encontrar su lugar.
Confía.
No todo lo que se aleja es una pérdida. No todo lo que termina es un fracaso. Hay caminos que solo aparecen cuando dejamos de insistir en recorrer el equivocado.
Y quizá el mayor acto de valentía sea ese: permitir que la vida haga espacio para aquello que realmente está destinado a llegar.
— Katia Santana
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