Sábado, 10 de octubre de 2026Por Katia Santana Palacio
MI VOZ
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Una mirada íntima a los vínculos que cruzan fronteras.
Opinión / Crianza
Sábado de videollamada
El sábado tiene una hora marcada en dos casas a la vez: la de la llamada larga, la que no compite con el trabajo ni con la escuela.
Por Katia Santana Palacio · Escritora
Katia Santana Palacio
Escritora y autora de la columna Mi Voz.
En las familias a distancia, el sábado tiene una hora sagrada: la de la llamada larga, la que no compite con el trabajo, ni con la escuela, ni con la diferencia de horario mal calculada entre semana. Todos lo saben. A esa hora, en dos casas distintas, se deja lo que se esté haciendo.
La llamada tiene su propio ceremonial. Alguien prepara el café o el jugo. El niño trae algo para enseñar: el dibujo, la libreta, el diente que se mueve. La madre, del otro lado, se acomoda como quien se sienta a la mesa familiar. Por un rato, la pantalla deja de ser un aparato y se vuelve un lugar.
No siempre pasa algo importante, y ahí está su valor. Se habla de lo que hubo de comer, de la vecina, del partido, de la lluvia. La familia no se mantiene con los grandes temas sino con esa conversación ordinaria que confirma que alguien sigue al tanto de la vida del otro.
“Por un rato, la pantalla deja de ser un aparato y se vuelve un lugar.”
Hay también sábados fallidos. La conexión se corta, el niño está de mal humor, la madre llega cansada y la conversación se llena de silencios. Esos sábados no son un fracaso: son la vida entrando en la llamada. Perfecta no hace falta; hace falta volver el próximo sábado.
Quien cuida en casa ayuda más de lo que cree: recuerda la hora, prepara al niño sin convertir la llamada en obligación, cuenta después lo que la cámara no alcanzó a mostrar. Su generosidad forma parte del ritual.
Si la distancia dura años, esos sábados se vuelven la hebra que cose una infancia. Un día el niño recordará menos la pantalla y más la constancia: que su madre aparecía, sábado tras sábado, con el mismo amor puntual.
Hoy no hay prisa. Que la llamada dure lo que dure. Que se rían de lo mismo de siempre.
Para pensar hoy
¿Qué ritual pequeño sostiene hoy a tu familia, aunque nadie lo haya llamado así? Cuéntamelo en los comentarios.
Una conversación que continúa
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Katia Santana Palacio — Escritora 🖋️
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