Fragmento de La verdad que me pertenece
Katia Santana Palacio — Escritora
Camagüey, septiembre de 2000
La cofia blanca no dejaba escapar un solo mechón. Katia la acomodó por tercera vez frente al espejo del pasillo, aunque seguía igual que la primera. Quería verse hermosa. Sentir que, al menos por aquel día, el uniforme le pertenecía.
Alisó con las palmas la tela recién planchada. El crujido, limpio y breve, le produjo una satisfacción difícil de explicar.
Había imaginado muchas veces aquel momento: el diploma enrollado y sujeto con una cinta azul; su nombre escrito con tinta solemne sobre un papel que debía demostrar que tanto esfuerzo había valido la pena. Sin embargo, al mirarse, no vio a una enfermera.
Vio a una muchacha vestida con la decisión que otros habían tomado por ella.
Parecía una muñeca de porcelana.
—Luisa, venga a ver —llamó desde el pasillo.
En la cocina, Luisa vigilaba la cafetera. Aquella mañana había conseguido en el reparto Agramonte una onza de café por un peso con cincuenta. Alcanzaba para una colada pequeña, pero en una casa cubana el café jamás era de una sola persona: se repartía en tacitas, aunque a cada cual le tocaran apenas dos tragos.
Al oírla, apartó la cafetera justo antes de que se derramara, se secó las manos en el delantal y apareció en la puerta con el pelo recogido a toda prisa.
—Déjame verte bien, mijita.
Dio una vuelta pequeña, más por complacerla que por presumir. Luisa recorrió con la mirada los zapatos blancos, el uniforme impecable, la cofia. Los ojos se le llenaron de agua.
—Estás preciosa. ¡Zoilo, ven a ver a esta muchacha!
Zoilo asomó la cabeza desde el sillón, con el periódico abierto sobre las rodillas y los espejuelos resbalándole por la nariz.
—Ya era hora de que se graduara alguien serio en esta casa.
Lo dijo con aquella mezcla de orgullo y regaño que Katia había tardado años en descifrar. Ella apretó el diploma contra el pecho.
—No empiece, Zoilo.
—¿Yo? Si no he dicho nada malo.
—Todavía no —intervino Luisa—. Dale tiempo.
Los tres rieron. Durante unos minutos, se permitió compartir la felicidad de ellos. Aquel diploma no representaba la profesión con la que había soñado, pero sí tres años de madrugadas, exámenes, prácticas interminables y días en que siguió adelante a pesar de querer abandonarlo todo.
Eso nadie podía quitárselo.
Eddy salió del cuarto abotonándose la camisa. Se detuvo detrás de ella, buscó su mirada en el espejo y le puso las manos sobre los hombros.
—Nunca te había visto vestida completamente de blanco.
—Porque hasta ahora era estudiante. Falda azul y blusa blanca.
Él la examinó de arriba abajo.
—Pues ahora sí pareces una enfermera.
Sostuvo su mirada en el espejo.
—Parecerlo no significa que quiera serlo.
La sonrisa de Eddy perdió fuerza. Conocía los libros escondidos debajo de la cama. Sabía que aquel uniforme era una conquista, pero no el futuro que ella había elegido.
La enfermería era el camino que su madre había escogido para salvarla. Ingeniería Química, el que Katia quería recorrer para encontrarse.
Creyó que recibir el diploma le permitiría cerrar una puerta y abrir la otra.
La ceremonia terminó antes del mediodía, entre discursos, aplausos, fotografías y madres que se abanicaban con cualquier papel bajo el calor. Zoila llegó desde San Blas con un vestido floreado y una jaba llena de comida, como si su hija se graduara en otro país y no a unos minutos de distancia.
La abrazó con tanta fuerza que la cofia estuvo a punto de caer al suelo.
—Mi hija, enfermera —repitió una y otra vez.
Se limitó a mirarla. No quiso corregirla.
No aquel día.
De regreso en la casa, la familia se reunió alrededor de una mesa que llevaba días preparándose. En Cuba, una celebración no se medía por la cantidad de comida, sino por el esfuerzo que había costado reunirla.
Luisa cocinó arroz congrí y bistecs de cerdo. Preparó una ensalada y llenó una jarra con jugo de guayaba. Su madre había traído dulces y algunos productos conseguidos en el pueblo. Su suegro sacó una botella guardada para una fecha especial.
No era abundancia. Era una familia diciendo con cuanto tenía: estamos orgullosos de ti.
Mientras bebían jugo, hablaron del futuro como si ya estuviera decidido.
—En el hospital siempre hace falta gente —dijo Zoila—. Trabajo no te va a faltar.
—Voy a presentarme a las pruebas de Ingeniería.
La conversación se inmovilizó.
Su madre dejó el vaso sobre la mesa.
—Primero empieza a trabajar. Después se verá.
—No hay nada que ver, mami. Terminé Enfermería. Ahora voy a estudiar lo mío.
—Enfermería también es tuya. Tres años no se botan así.
—No los estoy botando. Terminé. Te cumplí.
Las palabras salieron más duras de lo que pretendía. Su madre bajó la mirada.
Conocía aquella herida. Su madre no había tenido las oportunidades que deseaba y había convertido el miedo a que su hija repitiera su destino en una forma de mandato. Quería salvarla, aunque para hacerlo tuviera que decidir por ella.
Luisa empezó a recoger los platos.
—Bueno, chicas, hoy no se discute. Hoy se celebra.
La tregua duró una semana.
Siete días después, reunió sus documentos y salió temprano hacia Salud Pública Provincial. Necesitaba la liberación para presentarse a las pruebas de ingreso y comenzar, de una vez, la carrera que había escogido.
No abandonaba una profesión a medias. Se había graduado, había cumplido prácticas, turnos y exámenes. Ahora quería continuar.
Entró en el edificio convencida de que sería una gestión sencilla.
El despacho olía a papel húmedo, tinta vieja y paredes cerradas. Detrás del escritorio, un hombre de camisa gris revisaba documentos sin mirarla. En una esquina, un ventilador empujaba inútilmente el aire caliente de un lado a otro.
—Puede sentarse. La escucho.
¿Alguna vez confundieron lo que era mejor para ti con lo que querían que hicieras?
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