La inspiración es una visita. La disciplina es la que se queda.
Muchas personas me preguntan cómo escribo todos los días. La respuesta no es tan interesante como parece: no espero a tener ganas. Me siento, aunque la idea no llegue completa, aunque la primera frase salga torpe.
La inspiración existe, no voy a negarlo. Pero es poco confiable. Llega cuando quiere, se va sin avisar, y si una escritora depende solo de ella, termina escribiendo muy poco.
La disciplina es distinta. Es aburrida, constante, silenciosa. Es abrir el documento aunque no tengas nada que decir todavía. Es escribir una página mala a propósito, porque de ahí puede salir una buena.
Cuando empecé a tomar la escritura en serio, entendí algo que cambió mi manera de trabajar: el oficio no se construye en los días buenos. Se construye en los días en que no quieres escribir y lo haces de todas formas.
Hay quienes creen que escribir bien depende del talento. Yo creo que depende más de la constancia. El talento ayuda a empezar. La disciplina es lo único que termina un libro.
No tienes que escribir mil palabras perfectas cada día. Basta con aparecer. Diez minutos, media página, una idea anotada antes de dormir. Lo que no se sostiene en el tiempo, no se convierte en obra.
Si estás escribiendo algo —un libro, un poema, una idea que todavía no sabes qué forma tomará— no esperes a sentirte lista. Siéntate. Escribe mal si es necesario. La disciplina perdona los borradores torpes. La inspiración casi nunca llega a tiempo para salvarte de ellos.
Ese es el secreto que casi nadie cuenta: no hace falta sentir ganas para escribir. Hace falta decidir hacerlo, un día después del otro, hasta que se convierta en costumbre.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
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