¿Por qué hay decisiones que cuestan tanto? ¿Por qué duele amar, sanar, volver a querer?
A veces duele incluso estar en calma. El silencio deja al descubierto lo que el ruido nos ayudaba a ignorar: una ausencia, una conversación pendiente, el recuerdo de alguien que antes formaba parte de nuestros días. Todo parece estar en su lugar y, sin embargo, algo dentro de nosotros sigue buscando.
Me ocurre. Hay días en los que puedo reír y disfrutar de lo que tengo. Otros, sin que haya sucedido nada nuevo, siento una tristeza que no sé explicar. Intento comprenderla, encontrar su origen, ponerle un nombre. No siempre lo consigo. A veces solo reconozco que está ahí y que no desaparecerá porque me ordene estar bien.
Durante mucho tiempo me pregunté por qué me costaba tanto sentirme satisfecha. Había cosas buenas en mi vida y podía reconocerlas, pero mi atención regresaba a lo que faltaba. Me reprochaba esa inconformidad, como si estar triste fuera una falta de gratitud. Al dolor se añadía entonces la culpa: además de sentirme mal, creía que no tenía derecho a sentirme así.
Ahora intento escucharme antes de acusarme.
Puedo agradecer lo que tengo y extrañar lo que perdí. Puedo sentirme acompañada y necesitar un afecto que no sé pedir. Una emoción no cancela la otra. Lo difícil es permitirles existir sin convertir cada contradicción en una prueba de que hay algo malo en mí.
Cuando busco el origen de algunas de esas necesidades, vuelvo a la infancia.
Conocí el hambre, las ausencias, el silencio y el miedo. Aprendí pronto la importancia de tener, de asegurar lo necesario, de evitar que mañana faltara lo que hoy había conseguido. Con los años, esa preocupación dejó de referirse únicamente al pan. Quise tener estabilidad, amor, certezas. Quise construir una vida en la que no hubiera que temer constantemente una pérdida.
Pero no siempre supe distinguir lo que necesitaba de lo que intentaba compensar.
Creí que, cuando tuviera suficiente, podría descansar. Que una vida más segura tranquilizaría también a aquella niña. Y aunque resolver las necesidades materiales era indispensable, quedaban otras que no sabía atender: el deseo de sentirme querida sin tener que ganármelo, la necesidad de un abrazo, la confianza de poder decir que algo me dolía sin sentir vergüenza.
La adulta aprendió a resolver. La niña seguía esperando.
Tal vez por eso algunas decepciones me han dolido más de lo que yo misma podía comprender. No respondía solamente a lo que acababa de suceder. Había en mí una espera antigua que también se sentía defraudada.
Reconocerlo no ha resuelto todo, pero me ha ayudado a tratarme con menos dureza. Hay reacciones que todavía necesito revisar. Hay decisiones que debo asumir. Mi historia explica parte de lo que siento; también me corresponde decidir qué hago con ello.
En el amor, esa tarea ha sido especialmente difícil.
Dicen que después de un gran amor ya no se vuelve a sentir lo mismo. Durante un tiempo me pregunté si sería cierto, si lo que venía después sería apenas una forma de sobrevivir. Hoy desconfío de esa sentencia. No sé cómo amaré mañana, pero no quiero dar por terminada esa posibilidad solo porque una experiencia me haya marcado.
Sé que hay personas cuya ausencia modifica nuestra vida. Cambian las costumbres, las expectativas, incluso la manera de imaginar el futuro. Se extraña a quien se fue y también la vida que creíamos que íbamos a compartir.
Por eso cuesta tanto despedirse.
La mente puede comprender que una relación terminó mientras el corazón continúa esperando algo: una explicación, un regreso, una palabra que repare lo ocurrido. Hay lugares dentro de mí que siguen habitados por personas que se fueron hace mucho. A veces las encuentro en una canción o en un pensamiento que aparece sin avisar.
No creo que esos recuerdos me obliguen a regresar. Tampoco necesito arrancarlos para demostrar que he seguido adelante. Estoy aprendiendo a reconocer lo que significaron sin concederles todas las decisiones de mi presente.
También he tenido que revisar lo que esperaba del amor.
Quise creer que sentir profundamente bastaba para sostener una relación. Pero el amor necesita cuidado, reciprocidad y disposición para hablar de lo que incomoda. Necesita que ambos quieran participar. Una persona puede esforzarse mucho y aun así no conseguir que el vínculo funcione.
Aceptar ese límite duele. Obliga a abandonar la esperanza de que un esfuerzo más, una espera más o un sacrificio más cambiarán las cosas.
Hay despedidas que no deseo agradecer. Algunas me hicieron daño y hubiera preferido que no ocurrieran. Puedo reconocer lo que aprendí después sin llamar necesaria a la herida. No todo tenía que pasar de aquella manera.
Me ha costado admitirlo porque muchas veces busqué una enseñanza que justificara cada pérdida. Quería una explicación capaz de ordenar lo vivido. Ahora acepto que habrá preguntas sin respuesta y que mi vida no puede quedarse detenida hasta resolverlas.
A veces el siguiente paso se da con dudas.
La soledad ha formado parte de ese aprendizaje. En ciertos momentos la he elegido porque necesitaba descansar, escucharme y recuperar mi propio ritmo. En otros, me he refugiado en ella por miedo a sufrir otra vez.
Desde fuera, ambas cosas pueden parecer iguales. Dentro de mí se sienten distintas.
Estar sola puede darme calma. Cerrar toda posibilidad de acercamiento puede dejarme esperando una vida que no me atrevo a buscar. Por eso intento preguntarme qué necesito realmente cuando quiero apartarme: si estoy cuidando mi espacio o si el miedo está decidiendo por mí.
No siempre tengo una respuesta inmediata. Hay días en los que apenas puedo reconocer mi cansancio. Estoy aprendiendo a respetarlo sin convertirlo en una condena: necesitar distancia hoy no significa estar destinada a vivir siempre lejos de los demás.
Con la calma me sucede algo parecido.
La deseo, pero a veces, cuando llega, no sé qué hacer con ella. Después de tanta preocupación, detenerme deja tiempo para pensar en lo que he evitado. El silencio puede resultar incómodo antes de resultar agradable.
Voy aprendiendo a permanecer en él. A dejar que una tarde tranquila sea una tarde tranquila, sin exigirle que resuelva mi vida. A disfrutar de algo sencillo sin preguntarme enseguida cuánto durará o qué vendrá después.
No quiero seguir aplazando todo lo bueno hasta sentirme completamente bien.
Todavía hay recuerdos que me cambian el día. Todavía hay tristezas que regresan cuando creía haberlas dejado atrás. Eso me desalienta a veces, pero empiezo a reconocer diferencias: puedo detenerme antes de reaccionar, puedo decir lo que siento, puedo buscar compañía o concederme descanso.
No siempre lo hago bien. Sin embargo, esas posibilidades también forman parte de lo que he aprendido.
La escritura me ha ayudado a reconocerlas.
Cuando escribo, encuentro cosas que en una conversación no habría sabido decir. Una frase me lleva a un recuerdo; el recuerdo, a una emoción que llevaba años evitando. A veces tengo que detenerme. Otras, necesito seguir hasta comprender qué estaba intentando contarme.
Escribir no cambia lo que ocurrió. Me permite mirarlo con palabras que antes no tenía.
Y allí vuelve a aparecer la niña.
Durante mucho tiempo pensé en ella por lo que le faltó. Hoy también puedo verla por lo que hizo para continuar. No quiero exigirle que sea fuerte otra vez ni pedirle que agradezca cada dificultad. Quiero escucharla. Reconocer que tuvo miedo, que necesitó afecto, que hubo cosas que no podía resolver.
Esa niña sigue dentro de mí, solo que ahora tiene voz.
Quizás por eso sigo escribiendo. Porque hay partes de mi historia que merecen ser contadas sin vergüenza. Porque al nombrar lo que me dolió puedo comprender mejor lo que necesito hoy. Porque ya no quiero guardar silencio únicamente para que otros estén cómodos.
La gratitud ha encontrado un lugar en este proceso, aunque también ha cambiado.
Ya no quiero usarla para obligarme a sonreír. Quiero agradecer de una manera que admita la tristeza: reconocer una compañía que me hace bien, un gesto de cuidado, un día en el que consigo descansar. Y reconocer mi propio esfuerzo, incluso cuando parece pequeño.
Hay días en los que agradecer consiste en darme cuenta de que he vuelto a intentarlo.
No sé si algún día tendré todas las respuestas que busco. Tampoco puedo prometerme que amar volverá a ser fácil. Lo que sí deseo es no renunciar por adelantado. Quiero poder acercarme a alguien sin abandonarme, recordar sin quedarme detenida y disfrutar de la vida que tengo mientras construyo lo que todavía necesito.
Mi esperanza vive en esas posibilidades. En pensar que puedo tomar una decisión distinta. En aceptar compañía. En sentarme a escribir cuando algo me pesa y descubrir, poco a poco, qué quiero hacer con ello.
Hoy miro hacia atrás y veo carencias, pero también veo a una mujer que ha seguido buscando cómo vivir. No necesito borrar una parte de mi historia para reconocer la otra.
Todavía me cuesta. Todavía hay días en los que quisiera protegerme de todo. Entonces escribo, y entre lo que recuerdo y lo que consigo decir, empiezo a escucharme.
La niña que fui ya no tiene que callarse para que yo pueda seguir adelante.
Ahora puedo escucharla sin dejar de vivir.
Katia Santana Palacio-Escritora 🖊️

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