Mañana es mi cumpleaños y este año me encuentra en un lugar extraño: no podría decir que me siento completamente satisfecha con mi vida, pero tampoco soy la misma mujer que llegó a otros cumpleaños mirando únicamente todo lo que le faltaba.
Hay algo diferente.
Quizá no sea felicidad en el sentido perfecto de la palabra. Tal vez sea claridad.
Últimamente me observo pensando menos en cuánto he conseguido y mucho más en una pregunta que me resulta bastante más incómoda:
¿La vida que estoy construyendo se parece realmente a la vida que quiero vivir?
Y no tengo una respuesta sencilla.
He conseguido cosas que hace unos años probablemente me habrían parecido enormes. He trabajado en lugares que nunca imaginé, he comenzado desde cero más veces de las que hubiera deseado, he aprendido oficios, he publicado libros, he creado proyectos, he construido una empresa y sigo imaginando nuevas posibilidades casi todos los días.
Soy de esas personas cuya cabeza nunca termina de cerrar todas las pestañas.
Mientras estoy haciendo una cosa, ya estoy pensando en la siguiente.
Pero existe un pensamiento que atraviesa casi todo lo demás.
Mis hijos.
Mi cabeza lleva años buscando la manera de reunirnos.
Y cuando digo años no hablo solamente de extrañarlos.
Hablo de gestiones.
De documentos.
De procesos migratorios.
De dinero invertido.
De oportunidades que parecieron abrirse y después desaparecieron.
De estudiar países.
De mirar mapas.
De revisar requisitos.
De calcular vuelos.
De pensar quién puede recibirlos.
De preguntarme dónde podrían estudiar, trabajar, vivir o comenzar de nuevo.
He imaginado tantas rutas que a veces siento que podría dibujar medio continente de memoria.
Cuando apareció el parole humanitario pensé que podía ser una solución.
Cuando aquello dejó de ser una certeza, mi cabeza inmediatamente comenzó a buscar otra.
Después otro país.
Después otra posibilidad.
Después otra ruta.
Hay días en que puedo estar trabajando, escribiendo o haciendo cualquier cosa y, paralelamente, otra parte de mí continúa calculando:
¿Y si hacemos esto?
¿Y si entra por aquí?
¿Y si estudia allá?
¿Y si primero se instala uno?
¿Y si después voy yo?
¿Y si utilizo mi residencia en otro país?
¿Y si empiezo nuevamente desde cero?
Mi mente hace estrategias incluso mientras duermo.
Y todas tienen el mismo destino.
Ellos.
Quizá por eso nunca he conseguido sentir que pertenezco completamente al lugar donde estoy.
Tengo una vida aquí, pero una parte fundamental de mí está en otro sitio.
Y vivir dividida de esa manera cansa.
No es solamente nostalgia.
Es sentir que estás construyendo una casa mientras una parte de tu familia sigue viviendo fuera de ella.
He llegado incluso a cuestionar decisiones antiguas.
Creo que mucha gente no lo dice porque parece incorrecto mirar hacia atrás y preguntarse qué habría ocurrido si hubiese tomado otro camino.
Yo sí lo he hecho.
He pensado en oportunidades que tuve y no escogí.
En personas que conocí.
En países en los que pude quedarme.
En decisiones que, vistas desde el presente, tal vez habrían cambiado muchas cosas.
Me he preguntado si estaría viviendo otra historia si hubiera elegido diferente.
Y, sobre todo, si en alguna de aquellas vidas posibles mis hijos estarían hoy conmigo.
Sé perfectamente que ese razonamiento tiene una trampa.
Uno compara la realidad —que conoce con todos sus problemas— contra una vida imaginaria a la que convenientemente le quita las dificultades.
Nunca sabré qué habría ocurrido.
Quizá habría sido mejor.
Quizá muchísimo peor.
Las vidas que no vivimos siempre parecen más fáciles porque nunca tuvimos que atravesarlas.
Pero sería mentira decir que esas preguntas nunca han pasado por mi cabeza.
También he pensado mucho en otra cosa que con los años he aprendido a mirar con mayor seriedad: las personas que tenemos cerca influyen profundamente en la vida que terminamos construyendo.
No porque alguien tenga que salvarnos.
No porque una pareja tenga la obligación de cumplir nuestros sueños.
Pero existe una diferencia enorme entre compartir la vida con alguien que imagina el futuro contigo y sentir que determinados sueños los estás pensando sola.
Yo soy una mujer que proyecta constantemente.
Pienso en libros que todavía no he escrito.
En negocios que podrían crecer.
En lugares que quiero conocer.
En cambios que podrían mejorar nuestra vida.
En posibilidades que quizá otras personas ni siquiera considerarían.
Mi cabeza funciona así.
Y algunas veces eso me ha hecho sentir una clase de soledad difícil de explicar: estar acompañada y, sin embargo, sentir que ciertas conversaciones sobre el futuro suceden únicamente dentro de mí.
Eso me ha obligado a hacerme preguntas que no siempre tienen que ver con el amor.
Porque amar a alguien y preguntarte si la vida que estás construyendo es la que necesitas no son exactamente la misma pregunta.
He aprendido que una puede querer profundamente a una persona y, al mismo tiempo, sentirse inquieta respecto a su propia dirección.
Y quizá esa sea una de las cosas más importantes que estoy empezando a entender.
No quiero pasar los próximos años ignorando las preguntas difíciles solamente porque incomodan.
Tampoco quiero tomar decisiones desde la frustración.
Quiero aprender a distinguir entre lo que realmente necesito cambiar y lo que simplemente estoy mirando desde el cansancio.
Porque he estado cansada.
Mucho.
Durante demasiado tiempo mi vida ha consistido en resolver.
Resolver cómo salir.
Resolver cómo llegar.
Resolver dónde trabajar.
Resolver documentos.
Resolver dinero.
Resolver problemas.
Resolver qué hacer cuando un plan se cae.
Resolver cómo ayudar desde lejos.
Resolver mientras trabajo.
Resolver mientras escribo.
Resolver mientras trato de construir algo propio.
Y soy buena resolviendo.
Probablemente demasiado buena.
Cuando una persona lleva muchos años funcionando así, termina confundiendo supervivencia con vida.
Y ahí es donde siento que algo empezó a cambiar dentro de mí.
Hoy estaba mirando el menú de un restaurante mediterráneo.
Vi un pollo al ajo que me encantó.
Después una sopa cremosa de tomate.
Pregunté qué llevaba, qué tipo de crema se usaba, dónde comprar el caldo de pollo y cómo prepararla.
Parece una tontería.
Pero en medio de esa conversación terminé diciendo:
Quiero aprender a cocinar otras cosas.
Y después pensé en mi ropa.
Quiero descubrir otra manera de vestirme.
Y después pensé en los lugares donde voy.
Quiero conocer sitios diferentes.
Ahí me di cuenta de que no estaba hablando de comida, ropa ni restaurantes.
Estaba hablando de mi vida.
De empezar a prestarle atención a cosas que durante años quedaron relegadas porque siempre había algo más urgente.
No quiero transformarme en otra persona.
Quiero conocer partes de mí que posiblemente nunca tuvieron tiempo de salir.
La mujer que puede preparar una cena bonita simplemente porque le apetece.
La que entra a una cafetería nueva sin necesitar una razón.
La que visita un museo.
La que descubre un parque.
La que se pone algo distinto porque le gusta cómo se siente.
La que sale a conocer una ciudad aunque no tenga una ocasión especial.
La que se permite disfrutar sin preguntarse inmediatamente cuánto tiempo está perdiendo.
He entendido algo muy sencillo:
si siempre estoy esperando a que todos mis problemas estén resueltos para empezar a vivir, voy a pasar la vida esperando.
Nunca llegará el día en que absolutamente todo esté en orden.
Siempre habrá una preocupación.
Una cuenta.
Un trámite.
Una llamada.
Una incertidumbre.
Algo pendiente.
La vida real no comienza después de solucionar la última dificultad.
La vida está ocurriendo mientras intentamos solucionarla.
Quizá eso sea exactamente lo que no quiero olvidar.
También quiero mirar de otra manera mi trabajo como escritora.
Durante mucho tiempo he escrito desde la memoria, la nostalgia, el dolor, la migración, las pérdidas, aquello que cuesta decir en voz alta.
La escritura ha sido uno de los lugares donde mejor he podido entenderme.
He convertido recuerdos en páginas.
He sacado personajes de lugares que todavía existen dentro de mí.
He publicado historias que un día fueron simplemente archivos guardados en una computadora.
Y todavía me cuesta algunas veces asumir completamente la palabra escritora.
Sigo sintiendo que tengo muchísimo que aprender.
Eso no me avergüenza.
Al contrario.
Quiero que cada libro que escriba sea mejor que el anterior.
Quiero mirar alguna obra mía dentro de varios años y reconocer cuánto crecí.
No me interesa llegar al punto en que crea que ya sé suficiente.
Pero también quiero que mis próximas páginas conozcan otras versiones de mí.
No solamente la mujer que atravesó determinadas cosas.
También la que comenzó a disfrutar.
La que viajó.
La que descubrió.
La que se sorprendió.
La que hizo amigos inesperados.
La que entró a lugares nuevos.
La que aprendió recetas.
La que creó proyectos.
La que tuvo conversaciones interesantes.
La que un día consiguió reunir aquello que llevaba años intentando reunir.
Quiero tener cada vez más historias nacidas de la vida y no solamente de la supervivencia.
Esta noche, además, ocurrirá un eclipse lunar.
Y me parece una coincidencia preciosa que atraviese precisamente la víspera de mi cumpleaños y continúe después de la medianoche.
No creo que el universo haya organizado semejante espectáculo para mí.
Pero sí creo que nosotros decidimos qué significado darle a determinados momentos.
Y yo quiero recordar este.
Porque hay algo hermoso en mirar una Luna atravesada por una sombra justo cuando estoy pensando en todo esto.
Una sombra puede cubrir algo durante un tiempo sin hacerlo desaparecer.
Eso lo entiendo bastante bien.
He atravesado muchos lugares oscuros.
He tomado decisiones equivocadas.
He tenido miedo.
He llorado.
He extrañado.
He dudado de mí.
He empezado desde cero.
He querido abandonar cosas.
He cambiado de opinión.
He perdido personas.
He encontrado otras.
Y ninguna de esas experiencias me dejó intacta.
Por suerte.
No quiero ser la mujer que era hace veinte años.
Ni siquiera la que era hace cinco.
No porque aquellas versiones fueran peores.
Simplemente sabían menos.
Hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían.
Las respeto.
Pero no quiero regresar a ellas.
Ahora conozco mejor mis límites.
Sé cuánto puedo soportar.
Sé también que haber soportado algo no significa que deba seguir soportándolo.
Entiendo mejor el valor del tiempo.
Sé que determinadas presencias valen más que muchas cosas que antes consideraba importantes.
Y he descubierto que hay preguntas que una no puede seguir aplazando eternamente.
Por eso, en vísperas de mi cumpleaños, no quiero hacer una lista de grandes resoluciones.
No quiero prometer que desde mañana voy a convertirme en una mujer completamente diferente.
Ese tipo de promesas duran poco.
Prefiero algo más difícil.
Quiero aprender a escucharme.
A distinguir lo que deseo de lo que simplemente hago por costumbre.
A no colocarme siempre al final.
A dejar de guardar cosas bonitas para una ocasión que nunca llega.
A reconocer cuándo estoy tomando decisiones desde el miedo.
A aceptar que cambiar de opinión no significa haber fracasado.
A darme permiso para explorar.
A disfrutar mientras todavía estoy construyendo.
Y, sobre todo, quiero continuar buscando la manera de reunir mi vida.
Porque eso es lo que siento que llevo años intentando hacer.
No solamente reunir una familia físicamente.
Reunirme también conmigo.
Con la mujer que escribe.
Con la madre.
Con la emigrante.
Con la empresaria que está empezando.
Con la mujer que sueña demasiado.
Con la que se preocupa.
Con la que quiere seguridad, pero también libertad.
Con todas.
No sé cómo será este nuevo año de mi vida.
No quiero inventarme certezas.
Quizá algunos planes funcionen.
Otros seguramente cambiarán.
Aparecerán problemas que hoy ni siquiera imagino y oportunidades que todavía no existen.
Eso ya lo aprendí.
La vida tiene poca consideración por nuestros calendarios.
Pero sí puedo decidir algo.
No quiero llegar al próximo cumpleaños sintiendo que pasé doce meses únicamente apagando incendios.
Quiero haber vivido experiencias que pueda recordar.
Quiero haber aprendido.
Quiero haber cambiado algunas cosas que hoy ya sé que necesito cambiar.
Quiero haber avanzado con mis hijos.
Quiero sentir que la distancia entre nosotros —sea física, legal o circunstancial— es menor.
Quiero haber escrito mejor.
Quiero haber conocido lugares.
Quiero haber hecho crecer mis proyectos.
Quiero haberme permitido momentos que no produjeron dinero, no resolvieron nada y no tuvieron otra utilidad que hacerme feliz.
Porque quizás esa sea una de las lecciones que más me ha costado aprender:
no todo lo valioso tiene que ser productivo.
Y esta noche, cuando salga a mirar el eclipse, probablemente piense en todo esto.
En los lugares que he dejado atrás.
En las personas que amo.
En mis hijos.
En las decisiones que todavía tengo por delante.
En los caminos que no elegí.
En los que todavía puedo escoger.
Y seguramente volveré a hacerme aquella pregunta:
¿La vida que estoy construyendo se parece a la que quiero vivir?
Hoy mi respuesta no es un sí absoluto.
Todavía no.
Pero tampoco es un no.
Es algo que, para mí, quizá vale más:
cada vez tengo más claro qué tendría que cambiar para que algún día pueda responder que sí.
Y esa claridad también es una forma de comenzar.
Mañana cumpliré otro año de vida.
Esta vez no quiero medirlo solamente por lo que conseguí.
Quiero medirlo por cuánto estuve presente, cuánto me acerqué a las personas que amo, cuánto me atreví a cambiar lo que no funcionaba y cuántas veces elegí vivir en lugar de simplemente resolver.
No necesito empezar siendo otra mujer.
Necesito empezar siendo más fiel a esta.
A la que todavía sueña.
A la que todavía busca.
A la que todavía escribe.
A la que, incluso después de tantos caminos, sigue creyendo que puede construir una vida que algún día se sienta completamente suya.
Katia Santana Palacio
Escritora

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