👉 Katia Santana – Escritora & Poeta

Autora de *Ecos de Vida* y *Raíces del Alma*, su obra entrelaza memoria, sanación y amor propio. A través de la poesía, transforma el dolor en arte y las heridas en fuerza. Desde su historia de vida, inspira a otros a reconstruirse con dignidad, esperanza y luz.

Nadie sabía sus nombres.

Nadie conocía su historia.

Solo se decía —en voz baja, casi como un rezo prohibido—

que cuando la ciudad dormía, ellos despertaban.

Se encontraban siempre en el mismo lugar:

un rincón oculto donde las luces parecían derretirse

y el silencio tenía el sabor del peligro.

Ella llegaba primero.

Su cuerpo era una sombra cálida, un secreto bien guardado.

Él aparecía después, con ese paso firme que estremecía el aire

y esa mirada que sabía desvestir sin tocar.

No hacían falta palabras.

Sus ojos se reconocían antes que sus manos.

Cuando él la rozaba, aunque fuera apenas con la punta de los dedos,

el mundo se hacía más pequeño,

más íntimo,

más de ellos.

Ella cerraba los ojos,

y él se acercaba por detrás,

respirándole el alma,

desordenándole los miedos.

—Somos un peligro juntos —susurró ella una noche.

—Somos destino —corrigió él, besándole el cuello.

Y era cierto.

Porque cuando sus labios se encontraban,

la noche temblaba.

Cuando sus cuerpos se unían,

el tiempo dejaba de existir.

Y cuando sus manos se buscaban,

los relojes parecían olvidar cómo seguir.

No era amor común.

Era algo más hondo,

más salvaje,

más necesario.

Eran dos mitades hechas de deseo,

dos fuegos que solo ardían cuando estaban juntos.

Cuando el amanecer comenzaba a pintar el cielo,

ellos se separaban sin tristeza.

Sabían que el día no les pertenecía.

Pero la noche…

la noche era toda de ellos.

La ciudad seguía dormida,

pero el mundo ya había sido testigo

de otra batalla ganada por la pasión.

Por eso la gente decía, sin atreverse a gritarlo:

“Cuidado con la oscuridad… ahí viven los amantes de la noche.”

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