Hay días en los que la vida pesa más de lo que mostramos.
Días en los que el alma cruje un poco,
en los que la rutina parece un desierto
y el corazón camina con pasos prestados.
Pero incluso en esos días,
hay pequeñas fuerzas silenciosas
que nos sostienen sin que lo advirtamos.
Nos sostiene la fe,
aunque sea diminuta, aunque tiemble.
Esa fe que no hace ruido,
pero abre un espacio pequeño donde respirar.
Nos sostienen los recuerdos buenos:
las voces que ya no escuchamos,
las manos que alguna vez nos cuidaron,
las calles que guardan la versión más inocente de quienes fuimos.
San Blas, por ejemplo,
con su olor a café recién colado
y esa luz antigua que nunca se apaga del todo.
Nos sostiene también la esperanza,
esa terquedad luminosa
que insiste en que mañana puede ser diferente.
Aunque no sepamos cómo,
aunque no tengamos pruebas,
ella sigue ahí, fiel como un farol.
Nos sostiene el amor propio,
ese que aprendemos a pulir con los años,
cuando entendemos que nadie puede ocupar el lugar
que solo nosotros sabemos llenar.
Nos sostienen los sueños,
incluso los más pequeños:
un libro que queremos terminar,
una llamada que esperamos,
una frase que aún no ha nacido
pero ya toca la puerta de nuestra voz.
Y nos sostienen las personas que cruzan nuestra vida
dejando luz sin pedir nada a cambio.
A veces son familia,
a veces amigos,
a veces simples caminantes que nos recuerdan
que todavía existe bondad en el mundo.
Todo eso, lo visible y lo invisible,
lo que duele y lo que salva,
nos va sosteniendo sin que lo notemos.
Porque el ser humano tiene una capacidad hermosa:
la de seguir de pie incluso en los días en que no sabe cómo lo hace.
Y quizás ahí esté el secreto:
en reconocer que no caminamos solos,
que hay fuerzas suaves,
doradas,
silenciosas,
que nos levantan aun cuando nadie lo ve.

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