Al principio, toda escritora escribe como otra. Lee a quien admira y, sin darse cuenta, copia su ritmo, sus giros, hasta su forma de empezar una frase.
A mí también me pasó. Quise sonar profunda como tal autora, directa como tal otra. Y lo que salía no era una voz: era un eco.
La voz propia no aparece de un día para otro. Se encuentra escribiendo mal durante mucho tiempo, tachando lo que suena ajeno, hasta que queda solo lo que de verdad es tuyo.
Y cuando por fin aparece, da miedo. Porque tu voz no se parece a nada que ya exista, y eso significa que puede no gustarle a todos.
Pero una voz que le gusta a todos, casi siempre, no le pertenece a nadie.
Escribir con la voz propia es arriesgarse a ser distinta. Es aceptar que tu manera de contar las cosas, con tus silencios, tus pausas, tus palabras exactas, no tiene por qué sonar como la de nadie más.
Esa es la única voz que deja huella. La que no se presta.
Si estás escribiendo y sientes que tu texto suena a otro, no te preocupes todavía. Sigue escribiendo. La voz propia llega después de muchas páginas que no sirven, pero que te acercan a las que sí.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
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