En Amazon, tu libro no compite por minutos de atención. Compite por segundos. Tres, tal vez cuatro, antes de que el dedo siga deslizando la pantalla.
Y en esos segundos, lo único que habla es la portada.
Nadie lee la sinopsis todavía. Nadie sabe si escribes bien. Lo único que ve el lector es una imagen pequeña, del tamaño de una miniatura, compitiendo con cientos de otras miniaturas.
Esto es lo que he aprendido sobre hacer portadas que funcionan de verdad.
La portada no es decoración. Es una promesa. Tiene que decir, de un vistazo, qué tipo de historia vas a contar y a quién se la estás contando. Una portada bonita que no comunica género ni tono confunde más de lo que atrae.
El error más común no es la falta de talento. Es diseñar pensando en la pantalla completa, en el detalle fino que se ve hermoso de cerca. Pero el lector no va a ver tu portada así. La va a ver como una miniatura, entre otras veinte, en la pantalla de su teléfono. Si el título no se lee a ese tamaño, ya perdiste.
Otro error: usar una imagen de banco de fotos sin editarla, igual a la que usaron otros cien libros ese mismo mes. El lector reconoce esas fotos aunque no sepa explicar por qué. Y cuando algo se siente genérico, se siente también olvidable.
No hace falta un presupuesto enorme para hacer una portada que funcione. Hace falta claridad: saber en qué estante quieres que tu libro viva, y diseñar para ese estante.
Con Ecos de mi memoria y con Raíces del Alma pensé en eso antes que en nada: qué promete la portada antes de que alguien lea una sola palabra mía.
Escribir el libro es la mitad del trabajo. La otra mitad es asegurarte de que alguien se detenga el tiempo suficiente para descubrirlo.
Si estás por publicar el tuyo, no dejes la portada para el final, apurada, como un trámite. Dale el mismo cuidado que le diste a tu primer capítulo.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
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