La soledad que pide el oficio de escribir

Escribir parece un acto solitario solo para quien no lo ha vivido. Para quien sí, es distinto: no es que escribir te deje sola. Es que escribir necesita la soledad. La busca. La pide antes de empezar.

Hay una diferencia grande entre la soledad que se sufre y la soledad que se elige. La primera duele porque se impone. La segunda es una herramienta de trabajo. Es el silencio que una escritora tiene que aprender a habitar sin miedo, porque ahí, y solo ahí, se escucha la propia voz sin el ruido de las demás.

Al principio ese silencio asusta. La hoja en blanco, el cuarto vacío, ninguna opinión que valide lo que estás escribiendo mientras lo escribes. Muchas personas confunden ese miedo con falta de talento, y no es eso. Es, simplemente, que no están acostumbradas a estar a solas con su propio pensamiento el tiempo suficiente para que algo verdadero salga de ahí.

Esa soledad no es encierro ni aislamiento de la vida. Es lo contrario: es el espacio donde todo lo vivido, leído y observado por fin encuentra forma, ritmo y estructura. Sin ese tiempo a solas, uno solo repite ideas ajenas. Con él, empieza a aparecer una voz propia.

Tampoco se puede escribir con honestidad si, mientras se escribe, una está pendiente de la aprobación de alguien más. La mirada ajena, aunque venga con buena intención, cambia la frase antes de que esa frase termine de nacer. Por eso este oficio exige, tarde o temprano, hacer las paces con estar a solas con el texto, sin nadie que lo apruebe todavía.

No hablo de encerrarse para siempre. Hablo de una disciplina pequeña y diaria: volver a ese silencio una y otra vez, aunque no den ganas, aunque el mundo esté lleno de cosas más fáciles que hacer. Esa vuelta constante es la que, con el tiempo, convierte a alguien que escribe en una escritora.

Escribo lo que duele, porque alguien tiene que decirlo. Y eso, casi siempre, solo se encuentra en el silencio que nadie más puede darte. Hay que aprender a buscarlo una misma.

— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.

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