Cuando empecé a publicar en Amazon, pensaba que la portada era lo último. Un detalle bonito para cerrar el proceso. Me equivoqué.
La portada no es decoración. Es la primera promesa que le haces a un lector que no te conoce de nada.
En Amazon, esa promesa se hace en segundos y en un espacio diminuto: una miniatura en la pantalla de un teléfono, rodeada de cientos de otras miniaturas compitiendo por la misma mirada. Ahí no hay tiempo para explicar el libro. Solo hay tiempo para que la portada diga, de un vistazo, de qué se trata y qué se va a sentir al leerlo.
Esto es lo que aprendí, corrigiendo mis propias equivocaciones:
Una portada honesta vale más que una portada bonita. Si el libro es profundo y la portada parece ligera, el lector equivocado lo compra y el lector correcto lo pasa de largo. La portada tiene que ser fiel al tono del libro, no a lo que crees que “vende más”.
La tipografía del título tiene que leerse a tamaño de miniatura. Es fácil enamorarse de una fuente elegante en la pantalla grande del computador y olvidar que casi nadie va a verla así. Si el título no se lee reducido al tamaño de un sello postal, hay que cambiarlo.
Comparar ayuda, copiar no. Mirar portadas de libros en la misma categoría no es para imitarlas, sino para entender qué espera el lector de ese género. Ese ejercicio ahorra errores que se cometerían por puro instinto.
Y sobre todo: la prisa es la peor consejera para este paso. Postergué esta decisión más de una vez porque no estaba convencida, y cada vez que esperé, la portada final fue mejor que la que hubiera elegido con prisa.
La portada no mide el valor de un libro. El valor está adentro, en lo que se escribió con honestidad. Pero la portada es la puerta, y una puerta que no miente sobre lo que hay detrás es un regalo para el lector que va a cruzarla.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
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