Cuando alguien empieza a escribir un libro, cree que el trabajo está en llegar al punto final. Escribir la última página, cerrar el documento, respirar. Pero ese punto final no es la meta. Es apenas donde empieza el trabajo de verdad.
El primer borrador casi nunca dice lo que uno quiso decir. Dice una versión torpe de eso. Uno se enamora de una frase mientras la escribe, y semanas después, al releerla con la cabeza fría, descubre que esa frase que tanto le gustó no le sirve al libro. Sobra. Estorba. Hay que quitarla.
Ahí es donde muchos se detienen. Porque cortar lo que uno escribió con tanto esfuerzo se siente como traicionarse. No lo es. Es lo contrario: es tomarse en serio lo que se está escribiendo, por encima del orgullo de la primera versión.
Reescribir no es una señal de que el libro salió mal. Es la señal de que el libro está a punto de salir bien. Cada vez que vuelvo sobre un capítulo con más distancia, encuentro algo que antes no vi: una escena que no aporta nada, un personaje que reacciona sin motivo, un párrafo que explica de más lo que ya se entendía con menos palabras.
Ser exigente con lo propio no es lo mismo que ser inseguro. Uno puede confiar en su voz y, al mismo tiempo, negarse a entregar la primera versión de esa voz. La disciplina no está solo en sentarse a escribir. Está también en volver a leer lo escrito con los ojos de un lector que no conoce a la autora ni le debe nada, y preguntarle a cada línea: ¿tú realmente haces falta aquí?
A quien esté empezando a escribir su primer libro le diría esto: no confundas terminar un borrador con terminar un libro. Son dos cosas distintas, y la segunda siempre pide más tiempo, más paciencia y menos apego del que uno cree tener. El libro que de verdad se queda en la memoria de alguien no es el que se escribió una sola vez. Es el que se reescribió las veces necesarias hasta que cada frase mereciera estar ahí.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
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