Muchos me preguntan cómo escribo casi todos los días. La respuesta no es bonita: no espero la inspiración, la sustituyo por disciplina.
La inspiración es una visita irregular. Llega cuando quiere, se queda poco y no avisa cuándo piensa volver. Si dependiera de ella, este espacio estaría vacío la mitad del tiempo.
Lo que sí tengo es una decisión que renuevo cada mañana: sentarme a escribir aunque la primera frase salga torpe, aunque no sepa todavía qué quiero decir, aunque la página se sienta más vacía que de costumbre.
Escribir así no tiene nada de glamoroso. Es abrir el documento sin ganas, escribir tres líneas que no sirven, borrar dos, y quedarme con la única que sí dice algo. Es un oficio, no un estado de ánimo.
He aprendido que la inspiración casi siempre llega después de empezar, no antes. Aparece a mitad de camino, cuando ya llevo un rato trabajando y algo empieza a acomodarse solo. Pero para que aparezca, primero tengo que estar ahí, escribiendo, sin ella.
Ninguna autora que admiro escribió solo los días en que tenía ganas. Escribió también los días en que no las tenía, y muchas veces esos fueron los días que dejaron las mejores páginas.
Si estás esperando sentirte lista para empezar a escribir, prefiero decírtelo con honestidad: esa sensación puede tardar años en llegar, o no llegar nunca. La disciplina no es enemiga de la voz propia. Es lo que la sostiene cuando la inspiración decide tomarse vacaciones.
Escribir dejó de ser, para mí, un impulso. Es una cita que me hago a mí misma, y a la que decidí no volver a faltar.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
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