Cuando ordené Raíces del Alma en cinco partes, dejé la de los abuelos para el final. No fue casualidad.
De las cinco secciones del libro —exilio, raíces, separaciones, infancia y abuelos— esta última fue la que más tiempo tardé en cerrar. Escribir sobre el exilio dolió de una manera. Escribir sobre los abuelos dolió de otra: la de agradecer algo que ya no se puede devolver.
Los abuelos enseñan sin proponérselo. No dan discursos, no dejan manuales. Dejan gestos, frases repetidas, una manera de mirar que uno entiende años después, cuando ya es tarde para decírselo.
Esa sección de Raíces del Alma no busca ser nostálgica por costumbre. Busca nombrar algo concreto: lo que se aprende de alguien que nunca se propuso enseñar nada, y que quizás ni sabía que estaba dejando una huella.
Escribí esos poemas cuidando la métrica y la rima, como el resto del libro, admirando siempre el alejandrino de José Ángel Buesa. Pero en esta parte la forma me importó menos que el fondo: quería que quien la lea sienta que alguien más también cargó ese mismo tipo de gratitud tardía.
Si alguna vez sentiste que le debías una conversación a alguien que ya no está, esta parte del libro fue escrita pensando en ti.
Raíces del Alma está disponible en Amazon, en Kindle y en tapa blanda.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
Deja un comentario