Hay un paso en el proceso de autopublicar que casi nadie menciona, y que yo aprendí a no saltarme nunca: pedir la prueba impresa antes de aprobar la publicación final.
Amazon te lo permite. Antes de que tu libro quede disponible para el mundo, puedes pedir una copia física, exactamente igual a la que recibiría cualquier lector. Y esa copia cambia todo.
En la pantalla, un libro se ve perfecto. Los márgenes parecen correctos, la tipografía se ve limpia, las páginas pasan sin problema. Pero el papel no perdona lo que la pantalla disimula.
Cuando tienes el libro en las manos, ves cosas que antes no viste: un margen demasiado ajustado cerca del lomo, una fuente que en papel pesa distinto, un espaciado que en digital pasaba desapercibido y en físico se nota enseguida.
Pedir esa prueba significa esperar unos días más. Significa retrasar el lanzamiento que ya tenías en la cabeza. Y aun así, lo hago siempre, porque prefiero perder unos días a que un lector reciba un libro con un error que yo podía haber visto a tiempo.
Autopublicar no es solo subir un archivo. Es asumir cada parte del proceso como si nadie más fuera a revisarla por ti, porque casi siempre es así. Nadie te avisa cuándo un detalle pequeño se convirtió en un problema grande. Esa responsabilidad es tuya, de principio a fin.
Si estás por publicar tu primer libro, no lo apruebes solo porque se ve bien en la pantalla. Pide la prueba. Tócala. Revísala como si fueras la lectora más exigente que va a recibir ese libro. Porque lo eres.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
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