Hay una parte del proceso de autopublicar que casi nadie explica bien: el maquetado. No es lo mismo escribir un libro que dejarlo listo para que se vea como un libro de verdad.
Cuando terminas el manuscrito, el archivo no está listo para subirse solo. Antes hay que decidir cada detalle: el tipo de letra, los márgenes, si el texto va justificado, si cada párrafo lleva sangría o espacio entre líneas, cómo se numeran las páginas, dónde empieza cada capítulo. Ninguno de esos detalles es decoración. Todos comunican algo.
Un libro mal maquetado se nota, aunque el lector no sepa explicar por qué. Se siente improvisado, aunque el texto de adentro sea bueno. Un libro bien maquetado transmite cuidado antes de que se lea la primera línea.
Yo aprendí esto a fuerza de comparar ediciones, revisar mis propios archivos y corregir lo que no funcionaba. Nadie nace sabiendo maquetar un interior. Se aprende mirando libros bien hechos, preguntando, repitiendo hasta que sale bien.
Si estás por autopublicar tu primer libro, no dejes el maquetado para el final ni lo trates como un trámite. Es una de las decisiones que más pesa en cómo se percibe tu trabajo, y nadie te lo va a hacer notar hasta que ya esté mal hecho.
Escribir es solo el principio. Lo que viene después también es parte del oficio.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
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