Cuando publiqué mi primer libro, pensé que lo más difícil ya había pasado. Había escrito, corregido, diseñado la portada, subido el archivo. Pensé que ahora solo faltaba esperar a que los lectores llegaran solos.
Nadie me dijo lo que en realidad ocurre después: el libro existe, pero nadie sabe que existe. Y ahí empieza otro trabajo, distinto al de escribir, que ninguna guía de autopublicación explica del todo bien: conseguir reseñas.
Las reseñas no son un capricho de Amazon. Son la manera en que un lector desconocido decide confiar en un libro escrito por alguien que no conoce. Sin reseñas, tu libro es invisible incluso si es bueno.
Lo primero que aprendí es que las reseñas no se compran, ni se fabrican, ni se piden con desesperación. Se ganan, un lector honesto a la vez.
Eso significa pedir con humildad, no exigir. Significa aceptar que algunas personas leerán tu libro y no dirán nada, y que eso también está bien.
También aprendí a no tomarme cada reseña como una sentencia sobre mi valor como escritora. Una reseña habla de cómo un libro llegó a una persona en un momento particular de su vida. No habla de si mereces escribir o no.
Lo que sí funciona: pedir la reseña en el momento correcto, cuando el lector acaba de cerrar el libro y todavía siente algo. Un mensaje simple, sin presión, agradeciendo su tiempo, es más efectivo que cualquier estrategia complicada.
Funciona también construir una comunidad real, aunque sea pequeña, de personas que de verdad quieren acompañarte en el camino. No mil seguidores distraídos. Diez lectores comprometidos valen más que cien indiferentes.
Y funciona la paciencia. Las primeras reseñas tardan. Después, si el libro tiene algo verdadero adentro, empiezan a llegar solas, escritas por gente que tú nunca conociste y que decidió contarle a otros lo que sintió.
Nadie te cuenta esto antes de publicar, porque no es glamoroso. Pero es real, y es parte del oficio tanto como escribir la primera línea.
Si estás por publicar tu primer libro, no lo veas como el final del camino. Publicar es solo abrir la puerta. Lo que pase después depende de la paciencia con la que sepas caminar por ella.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
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