Hay una idea equivocada sobre escribir: que el trabajo termina cuando pones el punto final. La verdad es otra. Ese punto final es apenas el inicio del trabajo verdadero.
Reescribir no es corregir errores. Es volver a mirar cada frase y preguntarte si de verdad dice lo que quieres decir, o si solo se parece a lo que querías decir.
La primera versión de un texto casi nunca es la más honesta. Es la más apresurada. Uno escribe rápido porque tiene miedo de perder la idea, y en esa prisa se cuelan frases de más, explicaciones que sobran, palabras que se repiten sin aportar nada nuevo.
Aprender a cortar fue uno de los ejercicios más difíciles de mi oficio. No porque no supiera qué sobraba, sino porque cada frase costó algo escribirla, y soltarla se siente como perder algo propio.
Pero un texto no mejora por tener más palabras. Mejora cuando cada palabra que queda está ahí porque nadie más podría reemplazarla.
Reescribir también es aprender a leerte con distancia. Volver al mismo párrafo después de unos días y verlo con otros ojos, casi como si lo hubiera escrito otra persona. Esa distancia es la que te permite ver lo que de cerca no se nota: lo que confunde, lo que se explica de más, lo que el lector ya entendió y tú sigues repitiendo por miedo a que no haya quedado claro.
Con el tiempo entendí que la voz de una autora no aparece en el primer borrador. Aparece en la quinta lectura, en la sexta corrección, en esa versión donde ya no queda nada de más, solo lo esencial.
Por eso no me apresuro a publicar. Prefiero tardar más y entregar algo que resista una segunda lectura, a entregar rápido algo que se olvida a la primera.
Escribir con verdad no significa escribir sin trabajo. Significa trabajar hasta que esa verdad quede dicha de la forma más clara y más fuerte posible.
Katia Santana Palacio — Escritora
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