Cuando alguien piensa en autopublicar, casi siempre imagina un solo momento: subir el archivo y ver el libro aparecer en Amazon. Pero antes de ese clic hay un trabajo invisible que nadie te muestra, y que decide si tu libro se ve profesional o se ve improvisado.
La portada no es decoración. Es la primera línea de tu historia, aunque todavía no se haya leído ni una palabra. Un lector decide en segundos si va a detenerse o va a seguir de largo, y esa decisión casi siempre empieza en la portada. No hace falta gastar una fortuna, pero sí hace falta cuidarla como si fuera parte del texto — porque lo es.
El formato interior es otra batalla silenciosa. Los márgenes, el interlineado, la tipografía, la forma en que empieza cada capítulo: todo eso comunica algo antes de que el lector entienda una sola frase. Un libro bien formateado se siente cuidado. Uno mal formateado, aunque el texto sea bueno, se siente descuidado — y eso también se paga.
Después vienen las palabras clave y las categorías, esa parte técnica que parece aburrida y que en realidad decide si alguien va a encontrar tu libro entre millones de títulos. Elegirlas bien no es trampa ni es venderse: es simplemente ayudar a que tu historia llegue a quien la está buscando sin saberlo todavía.
Nadie te dice esto cuando empiezas: escribir el libro es solo una parte del oficio. La otra parte es aprender, con paciencia, todo lo que rodea a esa historia para que pueda existir bien en el mundo. Yo lo aprendí a base de ensayo, de corregir lo que no funcionaba, de empezar de nuevo cuando algo se veía mal.
Si estás por autopublicar tu primer libro, no lo tomes como una carrera. Tómalo como un oficio más dentro del oficio de escribir. Cada detalle cuenta, y cuidarlos no le resta magia a tu historia: se la suma.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
Deja un comentario