En un pueblo, en una casa, en una cocina con café colado, se aprende temprano que las palabras se quedan. No se quedan en el aire. Se quedan adentro. Entra una frase como quien entra al portal sin tocar, se sienta, y empieza a vivir contigo.
Hay voces que llegan suaves, como cuando alguien te dice “mi hija, tranquila…”, y hay otras que llegan con filo, como si fueran verdad absoluta: “así es la vida”, “no se puede”, “eso no es para ti”. Lo más peligroso no es escucharlas una vez. Lo peligroso es cuando se repiten tanto que un día ya no suenan ajenas… y empiezan a hablar desde dentro.
Por eso hay que cuidar el oído. Porque el oído gesta.
Lo que se escucha todos los días, lo que se tolera en conversaciones largas, lo que se consume “por costumbre”, va sembrando algo. Primero es una idea que pasa, después una emoción que se instala, después una decisión que se toma sin darse cuenta. Y al final, la vida termina pareciéndose a eso que se oyó durante años.
A veces la gente no está viviendo su vida. Está viviendo la consecuencia de haber dejado que otros le escribieran el guion a punta de frases.
El problema no es oír. El problema es no filtrar.
Así como se cuida lo que se come, se debe cuidar lo que entra por los oídos. Hay palabras que alimentan y hay palabras que enferman lento. Hay conversaciones que te enderezan la espalda, y otras que te encogen el alma sin que lo notes, como una ropa que aprieta pero uno se acostumbra.
Escuchar también es un acto creativo. Cada voz que se deja quedarse está construyendo un clima por dentro.
Por eso, cuando se está cansada, cuando se está empezando de nuevo, cuando se está soñando algo que todavía no tiene forma, conviene escoger con cuidado a quién se escucha. Qué música te acompaña. Qué historias normalizas. Qué quejas dejas entrar como si fueran tu casa. Qué profecías ajenas permites que te pinten el futuro.
No todo merece hacer nido.
No todo merece nacer en tu realidad.
Rodéate de palabras que te recuerden tu centro. Busca silencios que sanen. Conversaciones que te devuelvan la fe. Y si hay voces que solo traen límite, miedo o burla, déjalas afuera, donde pertenecen.
Porque tarde o temprano, la vida habla el idioma de lo que una se pasó escuchando.
Y ahí se entiende, sin teoría y sin adornos: escuchar… también es crear.

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