Dicen que hay personas que no caminan… atraviesan.
Y que cuando una mujer decide salvarse, el universo no le abre puertas: le abre grietas secretas entre mundos.
Aquella noche, en una ciudad cualquiera, alguien apoyó la frente en el cristal de una ventana y miró las luces como quien mira un cielo artificial. Afuera todo parecía normal: carros pasando, el viento jugando con los árboles, la vida haciendo su rutina. Pero por dentro… por dentro era otra cosa. Había un silencio lleno de ruido, como cuando el corazón está cansado pero no se rinde.
En la mesa, un mapa doblado.
No un mapa cualquiera.
Ese tenía algo raro: latía.
Cada país que tocaba con los dedos dejaba un calorcito en la piel, como si la tierra reconociera el nombre de quien había pasado por ahí. Y cuando sus manos rozaban una selva marcada con tinta oscura, el mapa se estremecía, como si recordara el miedo… y también la valentía.
Porque hay etapas que no se cuentan.
Se sobreviven.
Y justo cuando parecía que la noche iba a quedarse muda, se escuchó un sonido suave detrás, como una pluma cayendo en agua. Al girar, vio algo imposible: una mariposa dorada, brillante pero discreta, posada en el borde del mapa… como si hubiera estado esperándola desde siempre.
La mariposa no batía las alas.
Respiraba.
Entonces ocurrió lo que nadie creería: del mapa salió una línea de luz, fina, como hilo de oro, y se fue levantando en el aire formando palabras. No eran letras normales, eran letras de otro tiempo, de esos que solo se ven en sueños:
“Tienes dos caminos… y los dos terminan bien.”
Pero el mapa no se quedó ahí.
La luz siguió escribiendo:
“Uno te devuelve lo que perdiste.”
“El otro te convierte en lo que aún no sabes que eres.”
El corazón le golpeó el pecho con esa fuerza de cuando algo se siente como destino. Y en ese instante, como si el mundo quisiera hacerle una prueba, el aire se puso más frío, la ventana se empañó sola y en el vidrio apareció un símbolo: ♍️
Virgo.
No como un signo, sino como un aviso.
La mariposa por fin abrió las alas… y en el reflejo del cristal se vio algo todavía más raro: no era una sola mujer mirándose. Eran dos versiones. Una con los ojos cansados de tanto aguantar, y otra con la mirada limpia, como si ya hubiera salido del túnel.
La mariposa se movió hacia el borde del mapa y dejó caer una gota dorada.
Esa gota marcó una ciudad con precisión.
Y el mapa susurró sin voz:
“Aquí empieza la casa que todavía no existe.”
Ahí fue cuando sonó el teléfono.
Un mensaje.
Solo dos palabras.
“Sal ahora.”
Y cuando dio un paso hacia la puerta… las luces de la casa parpadearon una vez, como si el universo le guiñara el ojo.
Porque la historia real, cuando viene con fantasía, no está loca…
Está protegida.

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