👉 Katia Santana – Escritora & Poeta

Autora de *Ecos de Vida* y *Raíces del Alma*, su obra entrelaza memoria, sanación y amor propio. A través de la poesía, transforma el dolor en arte y las heridas en fuerza. Desde su historia de vida, inspira a otros a reconstruirse con dignidad, esperanza y luz.

No era tristeza, no era ansiedad… era otra cosa. Como si el aire tuviera electricidad, como si la casa estuviera llena de un mensaje que nadie había terminado de decir.

Michel roncaba bajito, con ese cansancio noble de los hombres que trabajan duro. La ciudad, afuera, estaba callada. Pero dentro de Katia… algo caminaba.

Se levantó descalza, sin prender luces, y fue hasta la mesa donde siempre escribía. Ahí estaba la libreta. La misma donde había puesto sus heridas a secar al sol, como ropa tendida después de un ciclón. Y al lado, su pluma.

Katia apoyó la mano sobre el papel… y sintió un frío raro. No de invierno. Un frío antiguo.

Fue entonces cuando lo vio.

En la última página, donde juraba que había dejado un poema a medias, había una frase escrita. No era su letra. No era la letra de nadie que ella conociera.

Decía:

“No te preocupes. Yo también crucé esa selva contigo.”

La sangre le subió a la cara. Sintió el corazón golpeándole en la garganta. Miró a su alrededor, como si alguien se fuera a reír desde una esquina oscura. Pero no había nadie. Solo el silencio… y el olor a papel.

Katia tragó en seco. Virgo al fin, cuando algo no cuadra, no lo suelta. Miró la pluma: la tinta estaba fresca. Como recién nacida.

Y ahí mismo le vino un pensamiento, como una sospecha dulce y peligrosa:

¿Y si la vida está dejando pistas?

Porque Katia había aprendido algo desde hace años: la realidad puede ser una pared… o una puerta. Y ella siempre sintió que existía “un más allá”, no como cuento, sino como presencia. Como una verdad que no se ve, pero te mira.

Se sentó. Respiró. Y escribió debajo:

“¿Quién eres?”

La respuesta no llegó con voz. Llegó con señal.

La cocina crujió como si algo pasara. Y el vaso de agua, el que Michel había dejado sobre el fregadero, vibró un segundo. Apenas.

Katia se quedó inmóvil. Sentía que si se movía, el misterio se iba a esconder de nuevo.

Y entonces… el teléfono se encendió solo.

Una notificación sin sonido, como si el celular también tuviera respeto.

Un mensaje decía:

“Tu historia no termina donde te rompiste.”

Katia lo leyó dos veces. Y en la tercera, se le aguaron los ojos.

Porque había días en que ella se veía fuerte por fuera… pero por dentro caminaba con una mochila de piedras: la ausencia, el exilio, la separación, el miedo, la nostalgia. Doce países. El Darién. Los golpes invisibles de la vida. Los años sin ver a sus hijos. El esfuerzo que nadie aplaude. El dolor que uno disimula para no preocupar al mundo.

Ella había sobrevivido a cosas que no se cuentan en una sobremesa.

Y aun así… seguía escribiendo.

Eso era lo que no entendía la tristeza: que Katia no se había rendido. Solo estaba cansada de cargar tanto.

La ventana estaba un poquito abierta. Un aire caliente, como de agosto, se coló en enero. Imposible. Pero real.

Y ahí, Katia sintió que la casa se llenaba de una energía suave, como si alguien hubiese encendido una vela que no alumbraba con fuego, sino con paz.

Volvió a la libreta, con la misma mano temblándole, y escribió:

“¿Qué quieres de mí?”

La pluma se movió sola.

No como película de terror. No. Era más fino, más espiritual, más de esos misterios que dan escalofrío pero también abrazan.

La tinta formó una frase, despacito:

“Que recuerdes quién eres.”

Katia soltó una risa cortita, nerviosa.

“¿Quién soy?”, susurró.

Y el silencio le devolvió un espejo: una mujer emigrante, madre, cubana, ingeniera, enfermera, escritora empírica, esposa, guerrera. Una mujer que ha tenido que empezar desde cero más veces de las que una persona debería.

Pero también… una mujer con un don.

Porque no todo el mundo convierte el dolor en belleza.

No todo el mundo tiene ese poder.

Entonces pasó lo más raro.

La libreta, sin que Katia la tocara, se abrió en una página vieja. Una de las primeras que ella había escrito años atrás, cuando todavía no sabía si iba a lograrlo. Ahí decía, con su propia letra:

“Un día mi alma será libro.”

Katia se quedó mirando esa frase como si se la hubieran tatuado por dentro.

Y en ese instante, como si el universo dijera ajá, ahora sí, la luz del comedor parpadeó una sola vez. No más.

Y se quedó fija.

Como aprobando.

Katia miró el reloj. Eran las 3:33 a.m.

Ella no era de asustarse fácil, pero tampoco era de ignorar señales. Y esa hora… tenía algo de mensaje. Algo de “despierta”.

En la pared del comedor, donde ella tenía su rinconcito dorado de autora, había una mariposa decorativa. Un detallito que compró un día sin razón.

Esa mariposa, esa misma, cayó al piso.

Sin romperse.

Cayó suave.

Como una pluma.

Katia se agachó, la recogió, y sintió en la yema de los dedos una tibieza inesperada, como si estuviera viva.

Y ahí, por primera vez en mucho tiempo, no sintió miedo.

Sintió esperanza.

Como si alguien le estuviera diciendo:

“No estás sola. Nunca lo has estado.”

Katia volvió a la mesa y escribió un párrafo completo. No pensó. No corrigió. No dudó.

Las palabras salieron como agua limpia, como si hubieran estado esperando un canal.

Escribió sobre mundos paralelos, sobre energías, sobre esa sensación de que el destino a veces te empuja, aunque tú no entiendas por qué. Escribió sobre el esfuerzo silencioso, sobre la estabilidad que se construye con disciplina, sobre la esperanza que se cultiva cuando todo se ve oscuro. Escribió sobre confiar.

Porque la vida, sí… tiene sus propios planes.

A veces te rompe para que no te conformes.

A veces te quita para que no te acomodes.

A veces te retrasa para que llegues lista.

Y al final, cuando ella terminó, el último renglón salió solo, como cierre perfecto:

“Lo que debe quedarse, se quedará.”

Katia se quedó mirando esa frase con la boca apretada para que no se le escapara el llanto. Era su lema. Su verdad. Su ancla.

En ese momento, sintió una mano en el hombro.

Casi se le sale el corazón.

Giró rápido.

Era Michel.

Con los ojos medio dormidos, despeinado, y esa cara de “¿todo bien?” que solo hace un hombre que ama de verdad.

“¿Qué tú haces despierta, mi vida?”, dijo con voz ronca.

Katia respiró. Lo miró. Y por primera vez esa noche, todo se sintió normal y mágico al mismo tiempo.

“Estoy escribiendo”, dijo bajito. “Pero… como si alguien me estuviera ayudando.”

Michel sonrió, le dio un beso en la frente y le dijo lo más simple del mundo, y por eso mismo lo más poderoso:

“Entonces escribe. Que para eso tú naciste.”

Y ahí vino el desenlace que no fue una explosión ni un trueno.

Fue algo más grande.

Katia entendió.

Que el misterio no era un fantasma.

Era su propia vida pidiéndole que se tomara en serio.

Que la señal no era para asustarla, era para despertarla.

Que sus heridas no eran un final, eran tinta.

Que su camino no era castigo, era preparación.

Porque hay destinos que no se anuncian con aplausos…

se anuncian con silencios que empujan.

Katia miró su libreta una última vez. Y como si el universo quisiera dejarlo claro, la primera frase misteriosa se transformó sola, suavemente, como si la tinta cambiara de piel.

Ahora decía:

“Cruzar la selva fue solo el prólogo.”

Y ella sonrió.

Sonrió con esa sonrisa de mujer que todavía tiene cicatrices… pero ya no se siente rota.

Porque por fin entendió lo que la vida llevaba tiempo planeando:

La historia de Katia no era una historia de dolor…

era una historia de transformación.

Y esa madrugada, entre la tinta y el misterio, entre el amor y la fe, Katia volvió a creer.

No como niña ingenua.

Sino como mujer que ha sobrevivido.

Y cuando el sol empezó a entrar por la ventana, dorado y limpio como promesa, ella cerró la libreta con calma y dijo en voz baja, como juramento:

“Voy a crecer. Voy a estabilizar mi vida. Y voy a confiar.

Porque la vida tiene planes… y yo también.”

💛

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