Hay estados emocionales que no solo te cambian el día: te cambian la manera de respirar. Y a mí, todo esto de la migración, las noticias duras, la gente deportada, la incertidumbre… me ha atravesado de una forma que no se explica con una sola palabra. Es como si me hubieran picado las alas. No porque yo no sea fuerte, sino porque hay dolores que cansan en silencio y se te meten en la voluntad.

De pronto, lo que antes me salía natural se vuelve pesado. Lo que antes me encendía, ahora me deja mirando el techo, sin ganas de nada. Y entonces me doy cuenta de algo que también es verdad: mi escritura no se apagó, solo se quedó en pausa, protegiéndose. Porque escribir también es sentir, y cuando el corazón está saturado, a veces lo único que puede hacer es callarse un momento para no romperse.
Hoy no me exijo brillo. Hoy me permito existir. Y si mañana vuelve una línea, una sola, yo la abrazo como quien regresa a casa. Lo que debe quedarse, se quedará.
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