Hace mucho que no escribo. Y no porque me haya rendido… sino porque hay días en que el alma se me queda sin voz. No todos los días estoy inspirada, y en estas fechas la inspiración se me apaga un poco más. La lejanía tiene ese efecto: te enfría por dentro aunque sigas funcionando por fuera.
A veces uno cree que escribir es tener palabras todo el tiempo. Pero he aprendido que también se escribe en pausa. Se escribe cuando una respira hondo y aguanta. Se escribe cuando la nostalgia se sienta en la esquina del cuarto y te mira, callada. Se escribe cuando te falta alguien, cuando te faltan abrazos, cuando te falta hogar.
Yo sigo aquí. Con mis días buenos y mis días grises. Con mi fe, con mis rutinas, con esta manera mía de no soltarme. Y aunque ahora me cueste, sé que volveré a escribir como siempre: desde lo vivido, desde lo verdadero, desde lo que duele y también ilumina.
Si tú también estás pasando por una etapa así, no te exijas tanto. A veces no hace falta inspiración… hace falta ternura contigo misma. Lo demás regresa. Siempre regresa.
Lo que debe quedarse, se quedará.
Deja un comentario