Dicen que en cada historia de amor hay dos latidos:
uno que corre descalzo hacia el fuego
y otro que se queda mirando desde la sombra.
Así eran ellos.
Uno amaba con una intensidad que daba miedo:
con las manos abiertas, con el alma sin paredes,
con la fe ingenua de quien cree que el amor puede salvarlo todo.
El otro… no.
No por maldad, sino por cobardía.
Porque amar de verdad exige desarmarse,
y no todo el mundo soporta verse desnudo por dentro.
Uno escribía mensajes largos.
El otro contestaba con silencios.
Uno imaginaba futuros.
El otro apenas sobrevivía al presente.
Y aun así se mantenían allí,
en ese espacio invisible donde se encuentran
los que sueñan con los que no saben soñar.
Un amor partido en dos.
Hasta que un día, el que amaba abrió los ojos.
Comprendió que el amor no es una limosna, ni un sacrificio,
ni un altar donde uno se entrega
y el otro solo observa desde lejos.
Entendió que amar también es saber irse.
Que la dignidad tiene un brillo más fuerte que cualquier ilusión.
Y con esa verdad en el pecho, se marchó.
No con rabia.
No con reproches.
Sino con la paz silenciosa de quien por fin se elige a sí mismo.
El que no amaba se quedó con la duda,
con esa punzada que solo sienten
los que no supieron cuidar lo que tenían.
Porque la vida siempre cobra su factura:
nadie escapa del vacío que deja
un corazón que realmente amó.
Así terminó esa historia.
No con un beso, ni con un “para siempre”,
sino con la verdad más simple del mundo:
A veces dos se encuentran,
pero solo uno sabe amar.

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