Cuando el afecto se juzga desde la frialdad

Hace muchos días quería escribir sobre esto.

Me molesta la percepción vana y vacía de personas frías, que miran desde el juicio y no desde la comprensión. Me duele cómo se malinterpreta a una mujer que trabaja, que cumple con su puesto, que no abandona sus responsabilidades, pero que también es humana. Una mujer que puede regalar un abrazo, una sonrisa, un gesto de cercanía, sin que eso signifique otra cosa.

¿Por qué se señala a quien no invade, pero sí recibe visitas constantes en su espacio de trabajo? ¿Por qué se cuestiona a quien permanece en su lugar, pero no a quien interrumpe, se acerca, busca ese minuto de risa? A veces el problema no es el gesto, sino la mirada que lo juzga.

A veces, trabajar en Estados Unidos es aprender a traducirse a una misma. Vengo de una cultura donde el abrazo no se pide, se da. Donde un beso en la mejilla no invade, acompaña. Donde tocar un hombro es decir “te veo”.

Pero aquí, en espacios donde conviven tantas nacionalidades, el cuerpo también es juzgado. Una mujer que abraza, que sonríe, que saluda con afecto, no siempre es vista como alguien amable, sino como alguien “demasiado libre”, como si el cariño tuviera precio.

Y no. No es coqueteo. No es provocación. No es falta de valores. Es cultura. Es raíz. Es isla.

He aprendido a cuidar mis gestos, no porque estén mal, sino porque el mundo no siempre sabe leerlos. Pero no renuncio a quien soy. Abrazar no me hace menos digna. Ser cálida no me hace ligera.

Soy una mujer íntegra, con historia, con valores.

Y si mi forma de estar en el mundo incomoda a algunos, eso no me ensucia: solo revela desde dónde miran ellos.

Katia Santana Palacio — Escritora

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