Hoy tuve uno de esos días que no cansan las manos,
pero sí el espíritu.
Días en los que el trabajo se hace pesado,
no por lo que toca hacer,
sino por lo que otros deciden inventar.
En espacios donde hay tantas voces
y tan pocas verdades,
siempre aparece alguien dispuesto
a torcer lo que es recto
y a convertir en sospecha
lo que nació desde el respeto.
Me dolió, claro.
Porque cuando una ha sido clara,
cuando ha sido profesional y correcta,
hiere que manchen tu nombre
con historias que jamás salieron de ti.
Pero entre tanto ruido,
hubo una voz que me recordó quién soy.
Alguien que me mira más allá del cansancio,
que reconoce mi inteligencia,
mi forma de expresarme,
y la coherencia entre lo que escribo
y la mujer que intento ser cada día.
Sin decir demasiado,
sus palabras fueron un abrazo a mi dignidad.
Un recordatorio de que hay personas
que no se dejan manipular por el murmullo,
ni por la lengua inquieta de quienes buscan conflicto.
Y aunque somos de culturas distintas,
entendió mi carácter sin juzgarlo.
Con una sonrisa cómplice,
me recordó que no debo dar explicaciones
a quienes nunca han querido entenderlas.
Hoy puse límites.
Límites tranquilos, firmes, necesarios.
Y aunque el pecho me tembló,
sentí paz después.
Porque comprendí que no debo defenderme
de lo que yo no soy.
Que la gente noble reconoce la nobleza,
y que la maldad solo le sirve
a quien decide cargarla.
Al final del día aprendí algo sencillo:
cuando una camina con la conciencia limpia,
ningún rumor tiene fuerza para detenerla.
Y siempre, siempre,
aparecerá alguien que lo vea

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