La gente suele pensar que los escritores estamos un poco locos. Que un día hablamos de amor y al siguiente escribimos sobre la rabia, la nostalgia, el dolor o la felicidad. Creen que somos cambiantes, inestables, impredecibles. Pero la verdad es mucho más profunda que eso.
Un escritor no escribe solo lo que siente: escribe lo que ve, lo que escucha, lo que le cuentan, lo que sucede en el mundo. Escribimos vidas que no son nuestras, historias que pasan frente a nuestros ojos, emociones que otros no pueden poner en palabras. A veces, incluso, escribimos cosas que no sentimos en ese momento, pero que hemos sentido alguna vez, o que alguien cercano lleva cargando en silencio.
Por eso, cuando leas un texto, no siempre tienes que pensar que le está ocurriendo al escritor. Muchas veces somos solo un puente, una voz prestada, un eco de lo que viven otros.
Los escritores no estamos locos. Estamos atentos. Observamos el mundo con una sensibilidad que a veces duele… y por eso escribimos: para aliviar, para entender, para acompañar. Y porque cada historia, aunque no sea nuestra, merece ser contada.

Deja un comentario