Hace veinte años, la vida me puso un milagro entre los brazos.
Un niño hermoso, sano, fuerte… y, aun así, yo me sentía rota por dentro.
Nadie te prepara para el torbellino que llega después de dar a luz.
Nadie te dice que el amor puede doler, que el miedo puede paralizarte,
que puedes sentir que no estás lista
aunque tengas a tu hijo respirando sobre tu pecho.
Cuando tuve mi primer hijo, me golpeó una depresión postparto tan grande
que yo misma no me reconocía.
Lloraba todas las tardes sin saber por qué.
Me daba miedo cargarlo, miedo fallarle, miedo no ser la madre que él merecía.
Decía que era demasiada responsabilidad para mí,
que no era suficiente,
que no sabía cómo se amaba a un hijo.
Fueron días duros, días de silencio,
días en los que tuve que aprender a entender mis sombras
para poder abrazar mi luz.
Tuve que atenderme, cuidarme, mirarme con honestidad
y darme tiempo para sanar.
Y poco a poco, sin darme cuenta,
ese niño que yo temía no saber cargar
se convirtió en mi mayor fuerza.
Ese día descubrí mi amor más grande.
Un amor que no nació perfecto,
pero sí verdadero.
Un amor que creció conmigo,
que me enseñó que la maternidad también es valentía,
que pedir ayuda también es amor,
y que sanar es parte del camino.
Hace veinte años entendí que mi corazón podía vivir fuera de mi cuerpo.
Que la maternidad no te hace sabia de inmediato,
pero te hace fuerte con los días.
Que no se trata de hacerlo todo bien,
sino de hacerlo con verdad.
Hoy no celebro solo tu nacimiento, hijo mío.
Celebro el día en que la vida me eligió para ser tu madre
y me enseñó que incluso en mis miedos
había lugar para lo más puro del amor.
Hace 20 años descubrí mi amor más grande.
Y desde entonces, lo que debe quedarse… se ha quedado.
🦋💛✨

Deja un comentario