Durante mucho tiempo pensé que la paz estaba en irme.
Irme de los lugares, de la gente, de las historias que dolían.
Hasta que entendí que el verdadero viaje no era de kilómetros, sino de valentía.
No era huir… era aprender a quedarse.
Quedarse en uno mismo.
Quedarse cuando cuesta.
Quedarse cuando el alma tiembla y todo dentro grita “vete”.
Porque a veces el acto más valiente no es escapar, sino abrazarte en medio del caos.
Permanecer contigo, aun cuando no sabes cómo.
Respirar lento, sanar despacio, creer otra vez.
Hoy sé que no siempre hace falta empezar de cero.
A veces basta con quedarte, escucharte y decirte bajito:
“estás bien, no te vayas de ti”.

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