Había una vez una mujer que caminaba todos los días por el mismo sendero. No llevaba prisa, pero tampoco se detenía. Tenía los bolsillos llenos de recuerdos y el corazón cansado de esperar.
Un día, mientras descansaba bajo un árbol, apareció un anciano con ojos de cielo y voz tranquila.
—¿Qué buscas? —le preguntó.
—Tiempo —respondió ella—. Tiempo para volver a sentir, para no pensar tanto, para perdonarme.
El anciano sonrió y le señaló un banco de madera a la orilla del camino.
—Ese es el banco del tiempo —dijo—. Siéntate, pero recuerda: aquí el reloj no se detiene, solo cambia de dueño.
Ella se sentó. Cerró los ojos. Y por primera vez en muchos años no sintió culpa por detenerse.
El sol acarició su rostro, el viento jugó con su cabello, y entendió que el tiempo que tanto buscaba no estaba perdido.
Estaba en ella.
Katia Santana Palacio — Escritora

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