Por Katia Santana
Hay familias que te abrazan con el alma,
que te curan el miedo con un café caliente,
que te enseñan a no rendirte,
y te sostienen cuando el mundo se te cae encima.
Familias que se celebran,
que se cuidan sin condiciones,
que son raíz, refugio y hogar,
aunque el techo sea pequeño y el pan escaso.
Pero también hay familias que duelen,
que te apagan la voz,
que te hacen sentir extraño en tu propia sangre.
Familias que juzgan más de lo que aman,
que te exigen hasta desangrarte,
que no saben pedir perdón
ni abrazar sin medir el daño.
Hay familias que construyen alas,
y otras que solo saben cortar las tuyas.
Familias que te llaman “hijo” o “hermana”,
pero olvidan el amor detrás de la palabra.
Y entre esas dos, uno aprende:
que la verdadera familia
no siempre comparte tu apellido,
pero sí comparte tu alma.
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