Antes de ti, solo el mar
Antes de mí, él tenía el mar. Conocía sus horarios, sus cambios de humor, el sonido de una mañana tranquila y la señal de una tormenta antes de que apareciera en el horizonte.
Pescaba durante horas. A veces por necesidad. Otras, simplemente porque allí nadie le pedía explicaciones.
El mar tenía esa ventaja: podía acompañarlo sin hacer preguntas. Durante mucho tiempo fue su refugio, el lugar al que iba cuando algo pesaba demasiado o cuando prefería cansar el cuerpo antes que enfrentarse a lo que llevaba dentro.
Yo no llegué para quitarle aquello. Nunca quise hacerlo.
Hay personas que cometen el error de amar intentando borrar todo lo que existía antes de ellas. Quieren convertirse en el centro, desplazar costumbres, ocupar espacios que no les pertenecen. Pero amar a alguien también es entender qué cosas lo sostuvieron antes de conocernos. El mar había estado allí mucho antes que yo.
Entonces ocurrió algo que ninguno de los dos planeó.
Empezó a regresar más temprano. Algunos días ni siquiera salía. Y una vez, casi como quien dice algo sin importancia, me hizo entender que ya no necesitaba escapar tanto.
No porque el mar hubiera dejado de gustarle. Sino porque había encontrado otro lugar donde también podía descansar.
Eso me hizo comprender que el amor verdadero no siempre llega haciendo ruido. A veces no cambia nuestras costumbres de golpe ni nos obliga a abandonar lo que éramos. Simplemente hace que ya no necesitemos escondernos tanto dentro de ellas.
Yo nunca le quité el mar. Le mostré que también existía la orilla.
Y él me enseñó algo a mí: que cuando alguien ha pasado mucho tiempo navegando solo, amar no consiste en pedirle que abandone su barco. Consiste en convertirse en un lugar al que quiera regresar.
Ahora, cuando el sol comienza a esconderse, ya no mira siempre el horizonte esperando algo. A veces me abraza y sonríe, como quien finalmente entendió que el amor también sabe navegar.
Pero, sobre todo, sabe cuándo volver a puerto.
Katia Santana Palacio — Escritora

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