MI VOZ
Una mirada íntima a los vínculos que cruzan fronteras.
Opinión / Familia
Criar a través de una pantalla
La distancia también pone a prueba la forma en que una familia se quiere.
Por Katia Santana Palacio · Escritora
Katia Santana Palacio
Escritora y autora de la columna Mi Voz.
Hay madres que aprenden a reconocer el ánimo de sus hijos por la forma en que contestan el teléfono. Un «sí» demasiado corto. Una cámara que permanece apagada. Un «después hablamos» que deja el resto del día suspendido.
La emigración se vive así, pendiente de una llamada. No empieza en el aeropuerto ni termina con el primer envío de dinero. Empieza antes, en la conversación donde una madre intenta explicar que marcharse puede ser una manera dolorosa de quedarse: de seguir cuidando desde otro lugar.
Desde afuera se ven las remesas, los paquetes, las fotografías en otro país. Cuesta más ver a la mujer que vuelve del trabajo, calcula la diferencia de horario y llama antes de quitarse los zapatos. En una mano sostiene el teléfono; en la otra, todo lo que no alcanzó a decir mientras estaba cerca.
A veces la conversación dura tres minutos, y ella llevaba todo el día esperándola. Pregunta si comieron, si llegaron bien a la escuela, si ya hicieron la tarea. Escucha respuestas breves mientras al otro lado suena una puerta, una televisión o alguien que llama para cenar. La vida familiar continúa, pero ya no sucede a su alrededor.
La videollamada deja mirar la cara que se extraña y, a la vez, delata su límite. La cámara enseña un cuarto, no la casa entera; una sonrisa, no el cansancio que quedó fuera del cuadro. Acerca el rostro y recuerda que no se puede tocar.
Hay cumpleaños cantados frente a una pantalla, velas que una madre ve apagarse desde otro huso horario y reuniones escolares resumidas en mensajes de voz. Hay recetas explicadas con el teléfono apoyado contra una taza, uniformes elegidos por fotografía y fiebres acompañadas desde una silla a miles de kilómetros.
Hay pequeños triunfos: el primer diente que se cae, una nota alta, una palabra nueva, el gol del domingo. La madre celebra y guarda la captura de pantalla. Estuvo presente de la forma que pudo, y conoce la diferencia entre presenciar un momento y abrazar a quien lo vivió.
Criar a distancia obliga a inventar rituales. Un cuento cada noche. Un audio al despertar. La misma canción antes de una prueba. No reemplazan la convivencia, pero son el puente por el que el cariño cruza todos los días.
“Marcharse puede ser una manera dolorosa de quedarse.”
Quien se queda carga con su parte. Abuelas, padres, tías y hermanas se vuelven las manos de cada día: preparan meriendas, curan rodillas, revisan cuadernos. Merecen gratitud y acuerdos claros, porque un niño no debería crecer entre dos autoridades que compiten por demostrar quién lo conoce mejor.
La familia necesita hablar de decisiones concretas: quién pone los límites, cómo se cuentan los problemas, cuándo una conversación pide privacidad y cuándo hay que pedir ayuda. La distancia no elimina la responsabilidad de criar; obliga a repartirla con más honestidad.
A veces la culpa empuja a decir que sí a todo: un regalo más, una transferencia inesperada, un permiso que nadie habría dado estando juntos. El amor no se mide en cosas enviadas, y ninguna madre debería tener que comprar una conversación. Poner una norma con ternura es otra forma de presencia.
Un hijo puede extrañar y reprochar a la vez. Puede negarse a hablar sin que eso signifique que dejó de querer. Una madre puede poner un límite sin que cada silencio se convierta en abandono. Los dos necesitan poder decir «esto me duele» sin que el vínculo se tambalee.
Por eso importa escuchar más allá del reporte diario. No preguntar solo «¿hiciste la tarea?», sino «¿qué fue difícil hoy?». No vigilar cada movimiento por la cámara, sino abrir un espacio donde el niño pueda contar algo sin temor a angustiar a su madre. Acompañar no es controlar desde lejos.
La madre también necesita una vida propia: comer bien, descansar, hacer amistades, pedir apoyo. Sacrificarse hasta desaparecer no garantiza cercanía. Los hijos necesitan saber que su madre los ama, no sentirse responsables de rescatarla de la soledad.
Habrá días buenos: llamadas largas, risas, planes para el reencuentro. Y días en que la conexión falla, el horario no coincide o nadie encuentra las palabras. La constancia no es perfección. Es volver a llamar.
«Estoy aquí», dice la madre, aunque no pueda estar. Y mañana vuelve a llamar.
“Una madre puede abrir los brazos sin retirar el límite.”
Para pensar hoy
¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a alguien que está lejos lo que de verdad querías decirle, y no lo que era fácil decir? Cuéntamelo en los comentarios.
Una conversación que continúa
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Katia Santana Palacio — Escritora 🖋️