La inspiración es un mito bonito. Yo llevo años escribiendo y puedo contar con una mano las veces que me senté a escribir porque «me llegó la musa». La verdad es más simple y menos romántica: escribo porque me siento a escribir, tenga ganas o no.
Cuando empecé, esperaba el momento perfecto. El día sin ruido, la idea completa, la frase que ya sonara bien en mi cabeza antes de tocar el teclado. Ese día casi nunca llegó. Y mientras lo esperaba, no escribía nada.
Lo que cambió mi manera de trabajar fue entender que la disciplina no es un castigo. Es una promesa que me hago a mí misma: hoy también me presento, aunque el texto salga torpe, aunque tenga que borrar la mitad mañana.
Hay días en que escribo tres líneas buenas y quince que terminan en la papelera. Está bien. Ese no es tiempo perdido: es el precio de llegar a las tres líneas que sí valen la pena. Ningún libro se escribió solo en los días de inspiración.
Con el tiempo aprendí a reconocer la diferencia entre el bloqueo real y la pereza disfrazada de bloqueo. El bloqueo real existe, y hay que respetarlo con descanso. Pero la mayoría de las veces, lo que llamamos «no tener inspiración» es simplemente no tener ganas de hacer el trabajo difícil de poner una palabra detrás de otra sin saber todavía si va a funcionar.
Escribir es un oficio, no un estado de ánimo. Y como todo oficio, se sostiene con constancia, no con arrebatos. Prefiero veinte minutos de disciplina diaria que una noche entera de inspiración que solo llega una vez al mes.
Si estás empezando a escribir y sientes que «no te llega la inspiración», te lo digo con cariño: no la esperes. Preséntate igual. Escribe mal si hace falta. La inspiración, cuando aparece, encuentra a alguien que ya estaba trabajando.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
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