Uno de los momentos más difíciles de este oficio no es aprender a escribir. Es dejar de escribir como otro.
Al principio es normal imitar. Se lee a los autores que uno admira y, sin darse cuenta, la mano copia el ritmo de sus frases, el tono de sus metáforas, hasta la forma de abrir un párrafo. No es un defecto: es parte de aprender el oficio. El problema aparece cuando esa imitación se queda para siempre y nunca llega la voz propia.
La voz propia no se inventa. Se descubre, casi siempre escribiendo mal durante mucho tiempo, hasta que un día una frase sale distinta a todas las que se intentaron copiar. Esa frase suena torpe, poco pulida, pero tiene algo que ninguna imitación tiene: es verdadera.
Escribir con voz propia significa aceptar que no todos van a entenderla, ni a disfrutarla. Significa escribir una frase corta cuando el estilo de moda pide una frase larga. Escribir en silencio cuando el resto grita. No buscar el aplauso fácil, sino la frase que uno mismo reconoce como suya al leerla en voz alta.
He aprendido que la voz propia también se protege. Se protege de la corrección que suaviza demasiado, del consejo que homogeniza, del miedo a que algo sea «demasiado personal» para publicarse. Un editor exigente corrige la gramática, la estructura, el ritmo. Pero jamás debería corregir la esencia de quien escribe.
Si estás empezando a escribir y todavía sientes que tu texto suena a otro, no te desesperes. Sigue escribiendo. La voz propia no llega por decreto: llega por acumulación, por insistencia, por las horas que nadie ve. Y cuando llega, ya no se puede perder.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
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