Todo el mundo tiene una idea para un libro. Pocos tienen un libro terminado.
La diferencia no está en el talento. Está en la testarudez de sentarte otra vez frente al mismo capítulo, el día después de que ya no te quedan ganas.
Yo también he dejado manuscritos a medias. Ideas que me quitaron el sueño una semana entera y después se quedaron guardadas, esperando un “después” que nunca llegaba. Empezar nunca fue mi problema. Terminar, sí.
Terminar un libro no se parece en nada a empezarlo. Al principio hay entusiasmo, hay una historia que te quita el sueño, ganas de contársela a todo el que se te ponga delante. Eso dura poco. Después llega la parte que nadie publica en redes: el capítulo doce, cuando ya no estás segura de si lo que escribes sirve para algo, cuando la historia que te emocionaba en la página uno te aburre en la página ochenta, cuando piensas que sería más fácil dejarla ahí guardada, “para más adelante”.
Ese “más adelante” es donde se quedan la mayoría de los libros que nunca llegan a existir.
Con diez libros publicados puedo decirte esto sin adornarlo: ninguno se terminó porque tuve más inspiración que con los demás. Se terminaron porque decidí que un manuscrito a medias no cuenta como nada, y que la única forma de tener un libro es sentarme frente a él hasta la última página, aunque ese día en particular no sintiera ni una gota de ganas.
Si tienes un manuscrito guardado en algún cajón o en alguna carpeta que hace tiempo no abres, esto no es un regaño. Es una invitación. Ábrelo hoy, aunque sea diez minutos. No para inspirarte, sino para recordarte que ese libro solo va a existir el día en que tú decidas que exista.
— Katia Santana Palacio
Autora de historias que no se olvidan.
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