Hay una frase que me repiten mucho: «eso que escribes es muy fuerte».
Lo dicen como advertencia. Yo lo escucho como un halago que todavía no saben que lo es.
Podría suavizar cada párrafo. Cambiar una palabra cruda por una más elegante. Cerrar cada texto con una frase bonita que no incomode a nadie. Sería más fácil. Gustaría más rápido.
Pero no escribo para eso.
Escribo porque hay cosas que se quedan atoradas en la garganta durante años, y un día alguien las lee y por fin las puede tragar. Escribo porque conozco el peso de callar lo que duele, y sé lo que se pudre por dentro cuando uno decide guardarlo «por educación».
Suavizar un texto para que no incomode es, casi siempre, traicionarlo. Es quitarle la única razón por la que valía la pena escribirlo.
No toda palabra tiene que gustar. Algunas tienen que doler lo justo para que el lector se reconozca en ellas. Esa es la diferencia entre un texto que se lee y se olvida, y un texto que se queda viviendo en alguien.
Sé que incomodar tiene un precio. Hay quien deja de seguirte. Hay quien te dice que «antes escribías más bonito». Hay silencios después de publicar algo verdadero que pesan distinto a los silencios de siempre.
Lo pago con gusto. Porque prefiero que diez personas se sientan nombradas, a que mil me lean y no se lleven nada.
Escribir lo que incomoda no es un truco para llamar la atención. Es un oficio. Se entrena, se cuida, se hace con responsabilidad, porque remover algo dormido en otra persona no es gratis, y quien escribe así tiene que sostener lo que despierta, no solo lanzarlo y desaparecer.
Yo elegí ese oficio. El de no bajar la voz cuando la verdad incomoda.
No escribo para gustar. Escribo para que, al menos una vez, alguien se sienta menos solo con lo que nunca se atrevió a decir en voz alta.
Katia Santana Palacio — Escritora
Deja un comentario