👉 Katia Santana – Escritora & Poeta

Autora de *Ecos de Vida* y *Raíces del Alma*, su obra entrelaza memoria, sanación y amor propio. A través de la poesía, transforma el dolor en arte y las heridas en fuerza. Desde su historia de vida, inspira a otros a reconstruirse con dignidad, esperanza y luz.

Cuando me resigné al olvido, regresaron los recuerdos: esos sueños infiltrados en la mirada, esa mirada que todo lo resucita. Ese poder ancestral de soñar lo irremediable, lo terrenal, lo banal, lo rutinario. Regresó el tiempo y el olvido se fue diluyendo, fragmentándose.

Ilusa de mí, que pensé olvidar esa terrible forma de presentir… Presentir aunque la ciencia lo niegue y la razón no lo permita; presentir en los silencios y también en algunas miradas. Y hay presentires que no vienen de la superstición, sino del amor: ese que duele por dentro cuando falta lo esencial.

Llevo ocho años sin ver a mis hijos… y ya vamos camino a nueve. A veces me repito que lo hago por ellos: por la ropa, los zapatos, el dinero, por “darles todo”. Pero la vida, con su ironía, me recuerda que lo que más necesitan no cabe en una caja ni se manda por envío: es mi presencia.

Mi niño grande me llamó y me dijo, como quien ya no puede sostener la distancia: “Mamá, te doy de plazo hasta el día de la corte. Si sale negativa, no quiero que sigas en Estados Unidos. Quiero que te vayas a México y nos saques. Ya no puedo estar más sin verte. Nos vamos juntos. Luchamos juntos. Lo que sea”.

Y yo me quedé con ese presentir en la garganta, buscando olvidarlo y entendiendo que no se puede, porque lo irracional te gana. Porque cuando un hijo te nombra en medio de la ausencia, el alma se te vuelve evidencia.

Después… llega la lenta comprensión: por algo presentías, por algo intuías, y por algo tantas veces descubriste que envolverte es mejor. Es mejor la posición fetal sobre ti misma; meterte muy adentro, dejar que suceda y salir ilesa… como reinventando la vida. Pero hay verdades que no se pueden envolver para siempre: nos estamos perdiendo la mejor parte de nuestros hijos creyendo que “estar lejos y proveer” es suficiente, mientras lo que ellos piden es lo único que no se compra: tenernos cerca.

Y entonces el tiempo regresa, y el olvido se va, y una aprende —aunque duela— que darlo todo no es solo sostener, sino estar. Aunque el mundo te exija aguantar, el corazón te exige volver.

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