Gente que aprende a sonreír mientras afila los colmillos, que se acerca con caricias falsas y palabras suaves, pero que en el fondo solo busca algo que morder. Hay miradas que parecen limpias, pero esconden grietas. Hay voces dulces que disfrazan intenciones oscuras.
Yo he aprendido a mirar más allá de la apariencia. A escuchar el silencio detrás de cada gesto. A reconocer el temblor en el aire cuando algo no es verdadero. La hipocresía siempre deja un rastro, siempre revela una sombra, siempre intenta disfrazarse de cariño… pero no engaña al corazón que ya ha sobrevivido demasiadas tormentas.
No me interesa la gente que juega a ser buena. No necesito multitudes, ni aplausos, ni máscaras ajenas. Prefiero quedarme con los pocos que caminan descalzos en su verdad, los que no cambian de piel según el momento, los que no temen mostrar lo que sienten de verdad.
Porque la autenticidad no se finge. Y el alma, cuando ha sido herida, aprende a distinguir brillo de luz, ruido de verdad, compañía de presencia.
Y aunque el mundo esté lleno de lobos disfrazados, yo elijo quedarme con la gente que es oveja sin disfraz… o lobo sin mentiras.

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