A veces celebramos nuestros triunfos, esos pequeños milagros que costaron noches sin dormir, lágrimas escondidas y fuerzas que nadie vio. A veces la vida, por fin, nos regala un respiro, y sentimos esa alegría limpia que nace cuando algo nos sale bien.
Pero basta ver una publicación de alguien que está sufriendo para que la culpa nos golpee en el pecho. Como si nuestra felicidad fuera una falta de respeto, como si sonreír fuera una traición a quien está viviendo su propia tormenta.
La verdad es que no hay nada malo en estar bien. No le quitas nada a nadie al celebrar tus pasos. La luz que nace en ti no apaga a quien todavía busca la suya.
Podemos sentir alegría sin dejar de ser empáticos. Podemos abrazar nuestras victorias y, aun así, enviar apoyo a quienes atraviesan momentos difíciles. La vida no nos pide elegir entre ser felices o ser humanos: nos permite ser ambas cosas.
Así que sí: puedo celebrar mis alegrías aunque otros estén llorando. Puedo avanzar sin sentir culpa, porque mi camino no borra el de nadie.
La alegría y el dolor pueden coexistir.
Katia Santana Palacio — Escritora

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