Hay decisiones que no se toman con la cabeza, sino con el alma cansada.
Ocho años sin abrazar a mis hijos me enseñaron que el amor no siempre vive en la misma casa, ni camina por la misma calle.
A veces el amor se viste de distancia, de sacrificio, de noches en silencio mirando el cielo, preguntándote si también te estarán pensando.
He aprendido que quedarse en un país no significa olvidar el otro.
Buscar una vida mejor no es abandonar, es preparar el regreso desde la fortaleza y no desde la carencia.
Porque uno no se va para huir, sino para crecer.
Y desde esa tierra donde todo es nuevo, uno se reconstruye, uno vuelve a creer, uno sueña con el día en que los abrazos no tengan fronteras.
Yo no dejé de ser madre por cruzar una frontera.
Solo me convertí en una madre con más razones para luchar.
Y aunque los caminos sean distintos, el amor sigue siendo el mismo —solo que ahora tiene alas.

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