Me fui despacio,
sin gritos ni reproches,
cuando entendí que quedarse
también era una forma de perder.
Te amé desde el silencio,
desde la costumbre de esperarte,
desde el temblor de no decirlo
para no romper lo poco que quedaba.
Aprendí que hay despedidas
que no necesitan palabras,
solo una puerta entreabierta
y el alma haciéndose fuerte.
No te culpo.
A veces amar es quedarse a destiempo,
y yo ya no sabía ser invierno
en un cuerpo que pedía sol.
Si alguna vez piensas en mí,
hazlo sin tristeza,
porque también yo aprendí
que a veces, para sanar,
hay que irse… incluso amando.
Deja un comentario